On est martes por la mañana en un café de barrio, y la escena parece un pequeño choque generacional.
A la izquierda, una mesa de treintañeros jóvenes, cabezas inclinadas sobre sus pantallas, dedos que deslizan frenéticamente vídeos que mañana habrán olvidado. A la derecha, una mesa de sexagenarios. No hay smartphones sobre la mesa. Solo periódicos arrugados, cuadernos, gafas a medio bajar y ese silencio cómodo que existe entre amigos que se conocen desde hace cuarenta años.
Una mujer de pelo gris saca una pluma estilográfica de un estuche gastado, escribe algo en una postal y, luego, levanta la cabeza para estallar en carcajadas con un chiste contado ya diez veces. Está disfrutando de verdad del momento. No solo en una story, sino en su cuerpo, en su voz, en su mirada. Todos hemos vivido ese instante en el que nos sorprendemos envidiando esa calma.
Conservan hábitos que nuestras timelines calificarían de “pasados de moda”. ¿Y si fueran ellos los que tuvieran razón?
1. Leer un periódico de verdad… y tomarse su tiempo
Sobre la mesa del café, el periódico local está abierto en gran formato, ocupado por un hombre de unos sesenta años, con las gafas en la punta de la nariz. Pasa las páginas despacio, como un ritual. Lee las esquelas, los clasificados, los resultados deportivos, los editoriales un poco demasiado largos. No hace clic en nada, porque no hay nada en lo que hacer clic. No salta de un tema a otro como una pelota de ping-pong mental.
En la mesa de al lado, dos jóvenes actualizan compulsivamente sus apps de noticias. Leen tres titulares, luego pasan a TikTok y después vuelven a WhatsApp. Ellos están informados de todo, en teoría. Él, con el periódico de papel, no lo sabe todo, pero lo que lee, lo asimila de verdad.
Un estudio de 2022 de Ofcom indicaba que los mayores de 65 años pasan menos tiempo diario frente a pantallas que los de 18-34, pero declaran sentirse mejor informados y menos “desbordados” por la actualidad. Esa lentitud asumida les da algo imposible de encontrar en los flujos instantáneos de información: una jerarquía interior. Eligen qué se queda en su cabeza, en lugar de dejar que el algoritmo lo haga por ellos. Su hábito “a la antigua” no es solo una cuestión de nostalgia por el papel: es una forma de recuperar el control sobre lo que dejan entrar en el cerebro.
2. Llamar o ir a ver a alguien, en vez de gestionarlo todo a base de mensajes
Entre los 60 y los 70, las conversaciones no viven solo en burbujas azules o verdes. Viven en las voces. En esas llamadas “solo para decir hola” que parecen ineficientes en un mundo obsesionado con la productividad. Margaret, de 72 años, tiene una vieja libreta de números al lado del teléfono fijo. Cada domingo, pasa las páginas, elige a dos o tres personas y las llama para una conversación de verdad, sin objetivo, sin “llamada rápida”.
“Si empiezo a mandar SMS a todo el mundo, ya nadie me oye reír”, dice ella, riéndose precisamente. Sus nietos le escriben mensajes rápidos; ella responde con una llamada, una visita, un bizcocho casero sobre la mesa de la cocina. Es anticuado, quizá. Solo que son exactamente esos gestos arcaicos los que llenan sus días de vínculos concretos.
Los estudios sobre la soledad son claros: la calidad de los lazos sociales cuenta más que la cantidad de contactos. Los mayores que multiplican las interacciones cara a cara tienen menor riesgo de depresión y mejor salud cognitiva. Donde los más jóvenes hacen malabares con decenas de conversaciones digitales abiertas, los de 60-70 priorizan unas pocas relaciones sólidas. Menos notificaciones, más presencia. Su costumbre de descolgar el teléfono o llamar al timbre del vecino actúa como un antídoto suave contra la hiperconexión vacía. Seamos sinceros: casi nadie hace realmente eso cada día. Ellos, sí.
3. Caminar sin objetivo… y sin auriculares
En muchas ciudades británicas, uno se cruza con estas siluetas reconocibles: gabardina un poco demasiado grande, zapatos cómodos, bolsa de tela. Caminan. No en una cinta en un gimnasio, no con una app que cuenta pasos y calorías, sino fuera, con el tiempo real. Estos hombres y mujeres de 60 o 70 años no siempre tienen un destino concreto. “Salen a caminar”, como se decía antes de que se inventara la palabra “cardio”.
Un jubilado que conocí en un parque de Londres cuenta que hace “su vuelta” cada mañana. Se sienta en el mismo banco, mira el mismo árbol, saluda al mismo perro del vecino. Sin auriculares: solo el ruido de la ciudad, los pájaros y sus propios pensamientos bajando a un volumen normal. Esta rutina no tiene nada de exótica. Es repetitiva. Es estable. Y eso es precisamente lo que la hace calmante.
Los estudios muestran que entre 20 y 30 minutos de caminata diaria reducen el estrés y mejoran el sueño, sobre todo en personas mayores. La diferencia es que muchos jóvenes convierten la caminata en rendimiento, en contenido para publicar, en una métrica que optimizar. Los de 60-70, a menudo, la mantienen en bruto. Caminar es caminar. No un reto, no una story, no un pretexto. Esa negativa a transformar todo en “objetivos” deja espacio para el azar, los microencuentros y el simple hecho de estar en un sitio sin tener que justificarlo.
4. Llevar un cuaderno, en vez de una aplicación
Sobre la mesa baja de una pareja de septuagenarios hay un objeto que siempre intriga a sus nietos: un simple cuaderno de espiral, grueso, con las esquinas gastadas. Dentro hay fechas de cumpleaños, listas de cosas por hacer, ideas de viajes, recetas pegadas, recuerdos garabateados. Nada está “sincronizado en la nube”. Si el cuaderno se perdiera, todo desaparecería.
Y, sin embargo, ese cuaderno es lo que mantiene sus semanas unidas. Cada mañana lo abren, releen lo anotado el día anterior, añaden una línea, tachan lo que ya está hecho. La huella es visible, material. No hay un recordatorio que salte en mitad de un scroll en Instagram: solo una página en blanco que espera. Para ellos, escribir a mano no es un gesto romántico; es una herramienta para mantener un vínculo sencillo con su propia vida.
Podría parecer que las apps de productividad lo vuelven todo más fluido. En la práctica, a menudo crean una nueva forma de ansiedad: listas infinitas, notificaciones constantes, datos dispersos. El cuaderno, en cambio, tiene límites físicos. Obliga a elegir qué se anota. Conserva la memoria de los días pasados: en la letra que a veces tiembla un poco, en las tareas nunca tachadas que recuerdan, suavemente, lo que se lleva aplazando demasiado tiempo. Es una forma de espejo, sin filtro y sin estadísticas.
5. Cocinar “a la antigua” sin buscar la perfección
En una cocina algo estrecha, un hombre de 68 años prepara un guiso como lo hacía su madre. Sin báscula digital. Sin un vídeo de YouTube en bucle en la encimera. Echa “a ojo”, prueba con la misma cuchara de madera desde hace veinte años, añade una pizca de sal y luego otra, hasta que “sepa a domingo”. No busca reproducir una foto de Pinterest. Solo quiere que la casa entre en calor.
Las generaciones jóvenes a veces pasan más tiempo buscando la receta “correcta” en internet que cocinando de verdad. Ellos, con sus hábitos de antes, abren un viejo libro manchado o se fían de la memoria. La experiencia es menos perfecta, pero más encarnada. Aceptan los platos algo fallidos, las raciones desiguales, los platos que no dan para un feed de Instagram. Cocinan para alimentar, para compartir, para hablar alrededor de una mesa.
Esa forma de cocinar crea una relación más amable con la alimentación. Menos culpa, menos cálculos obsesivos, más continuidad. Las recetas transmitidas, repetidas y modificadas con el tiempo se convierten en un anclaje afectivo. Un guiso, una tarta, un asado de domingo son referencias temporales. Para los de 60-70, mantener ese ritual es mantener el hilo de una historia familiar. La tecnología ha hecho la cocina más accesible, pero a veces también la ha convertido en un espectáculo. Ellos, a menudo, rechazan ese espectáculo y ganan, de paso, una tranquilidad interior que los foodies hiperconectados envidian en secreto.
6. Mantener pequeños rituales diarios… aunque nadie los vea
En casa de muchos jubilados existen rituales diminutos, casi invisibles. El té de las 16:00, siempre en la misma taza desconchada. El crucigrama del periódico, hecho a bolígrafo, incluso cuando uno se equivoca. La planta que se riega cada mañana al abrir las persianas. Visto desde lejos, no tiene nada de espectacular. Es incluso mortalmente banal.
Y, sin embargo, esas repeticiones corrientes estructuran los días. Le dan textura al tiempo. Los jóvenes, a menudo, tienen días más llenos, pero más caóticos. Los de 60-70 que conservan sus pequeños hábitos construyen una base estable sobre la que pueden encajar las malas noticias, el cansancio, las preocupaciones. No necesitan publicar esos rituales. Los viven para sí mismos.
“Las rutinas no vuelven la vida aburrida; crean un marco para que el resto pueda existir”, me confesó un antiguo profesor de 74 años. “Cuando sabes que ciertas cosas vuelven cada día, soportas mejor lo que se desborda”.
Estos rituales pueden inspirar a otras generaciones, siempre que se adapten sin juzgarse. Algunas ideas sencillas:
- Elegir un momento concreto (por la mañana o por la noche) para un ritual corto, siempre el mismo.
- Mantenerlo fuera de la pantalla: nada de app, nada de móvil, solo un gesto concreto.
- Aceptar fallar algunos días sin culpa y retomarlo sin más.
¿Y si el futuro necesitara precisamente estas viejas costumbres?
A menudo miramos a los de 60-70 como rezagados tecnológicos, los que “no se ponen al día”. Sin embargo, cuando observas sus días de cerca, ves otra cosa: una forma de resistencia discreta a la velocidad, a la dispersión, al cansancio mental permanente. No rechazan todas las pantallas. Simplemente eligen no confiárselo todo.
Lo que parece un rechazo de la modernidad a veces es un instinto de supervivencia mental afinado por décadas de vida sin internet. Llevar un cuaderno, caminar sin objetivo, leer un periódico, llamar en vez de textear, cocinar sin buscar la perfección, repetir rituales… todo tiene un punto en común: devolver cuerpo, tiempo largo y algo tangible a una existencia absorbida por lo digital. ¿Y si esos gestos “pasados de moda” fueran precisamente lo que más le falta a la generación que duerme con el teléfono en la almohada?
Estas costumbres no son exclusivas de los jubilados. Nada impide que un treintañero agotado por las notificaciones se construya un pequeño rincón de vida a la antigua dentro de sus días conectados. Un paseo sin auriculares, una llamada a un amigo en lugar de un audio de 2 minutos, una comida cocinada sin mirar la hora. No será perfecto ni heroico. Solo un comienzo. Y quizá, algún día, miraremos a esos mayores no como “acabados”, sino como los primeros en entender que el verdadero lujo no es la tecnología: es la calma que logramos preservar a su alrededor.
| Punto clave | Detalle | Interés para el lector |
|---|---|---|
| Lectura lenta | Preferir periódicos y artículos largos a los flujos infinitos | Reducir la sobrecarga mental y retener mejor la información |
| Vínculos cara a cara | Llamadas, visitas, conversaciones “sin motivo” | Reforzar las relaciones y combatir la soledad digital |
| Rituales concretos | Paseo, cuaderno, cocina sencilla, gestos cotidianos | Estructurar los días y recuperar una sensación de calma |
FAQ:
- ¿Estos hábitos “a la antigua” significan que hay que abandonar la tecnología? No. La idea no es vivir como en 1975, sino elegir conscientemente dónde tiene sentido la tecnología y dónde no hace falta.
- ¿Cómo empezar si ya estoy muy enganchado al móvil? Con un solo momento del día sin pantalla: un paseo, una comida o un ritual matinal; luego aumentar poco a poco.
- No me gusta leer periódicos en papel. ¿Cuenta igual si leo en tablet? Sí, si lees despacio, sin multitarea y sin saltar constantemente entre notificaciones y pestañas.
- ¿Y si mi entorno se ríe de mis “costumbres de viejo”? Explica simplemente que esos rituales te sientan bien. Los resultados concretos (menos estrés, más energía) hablarán por ti.
- ¿Cuánto tiempo hace falta para notar una mejora del bienestar? Para mucha gente, bastan unos pocos días de paseo diario o de cuaderno en papel para reducir la sensación de saturación mental.
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