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9 costumbres clásicas que las personas de 60 y 70 años se niegan a dejar y por qué son más felices que los jóvenes obsesionados con la tecnología.

Dos mujeres mayores sonríen en la cocina, una con un plato de comida y otra escribiendo, mientras un hombre entra por la puer

Mientras las generaciones más jóvenes persiguen la próxima notificación, muchas personas mayores mantienen en silencio rituales que parecen anticuados, pero resultan sorprendentemente estabilizadores.

Esas rutinas pueden parecer lentas en una cultura adicta a la velocidad. Pero, mirándolas de cerca, a menudo protegen la salud mental, los vínculos sociales e incluso el sueño de formas que el scroll nunca conseguirá.

Por qué los hábitos de siempre sobreviven a la última app

Quienes tienen 60 y 70 años han vivido el vinilo, el VHS, el módem de marcación y los smartphones. Saben que cada nuevo aparato llega con una promesa: más conexión, menos esfuerzo, más felicidad. La realidad rara vez coincide con el marketing.

Por eso muchos se mantienen fieles a hábitos que marcaron su vida adulta: llamar en vez de escribir, papel en vez de píxeles, rutina en vez de novedad constante. Hoy, además, los psicólogos señalan que estos hábitos suelen encajar con lo que mantiene a los seres humanos mentalmente estables: previsibilidad, contacto cara a cara y límites claros entre trabajo, descanso y ocio.

Lejos de estar ancladas en el pasado, muchas personas mayores están llevando a cabo, en silencio, un experimento de estilo de vida que los jóvenes apenas empiezan a considerar: menos pantalla, más vida.

Aquí van nueve comportamientos “a la antigua” que las generaciones mayores defienden con uñas y dientes, y por qué los datos sugieren que quizá tengan razón.

1. Llamar por teléfono en vez de mandar mensajes

Muchas personas de más de 60 años siguen descolgando el teléfono para hablar largo y tendido con amigos y familiares. Les gusta oír la voz, los silencios, las risas, incluso los momentos incómodos. En comparación, los mensajes les parecen planos.

La investigación sobre la soledad muestra que las llamadas de voz y videollamadas reducen el aislamiento social de forma más eficaz que el contacto basado solo en texto. Un WhatsApp rápido ayuda con la logística; una llamada de 30 minutos suele llegar a emociones más profundas y aclara malentendidos con más rapidez.

El texto es eficiente, pero el tono, la entonación y el silencio llevan el peso emocional que necesitamos para sentirnos de verdad escuchados.

Los adultos jóvenes, acostumbrados a la mensajería rápida, a menudo evitan las llamadas porque les parecen “intensas” o una pérdida de tiempo. Sin embargo, muchos terapeutas cuentan que quienes programan llamadas de voz regulares con sus seres queridos suelen ver disminuir su ansiedad. Las personas mayores lo han considerado normal durante décadas.

2. Apuntarlo todo en papel

Cuadernos, calendarios de papel y listas de la compra pueden parecer irremediablemente analógicos, pero muchas personas mayores se niegan a abandonarlos. Les gusta la sensación del bolígrafo sobre el papel. Confían más en una nota en la nevera que en un recordatorio escondido detrás de un icono.

Varios estudios muestran que escribir a mano favorece la memoria mejor que teclear. El cerebro parece codificar la información con más profundidad cuando la mano se mueve sobre el papel, formando letras y trazos, en lugar de pulsar teclas.

  • Las listas en papel crean señales visibles en casa.
  • Funcionan cuando se acaba la batería.
  • Reducen el ruido de notificaciones, lo que disminuye la sobrecarga cognitiva.

Esta forma más lenta de organizar el día limita de manera natural la multitarea, algo que puede reducir el estrés. Muchos jóvenes saltan entre cinco aplicaciones para gestionar tareas; la agenda en papel de un jubilado ofrece una claridad serena que ningún “modo oscuro” puede igualar.

3. Leer en papel en vez de deslizar sin fin

En muchos hogares de personas de 60 y 70 años todavía verás estanterías de libros, revistas en la mesa del salón y un periódico doblado junto al hervidor. Puede que miren titulares en una tableta, pero para concentrarse de verdad suelen recurrir al papel.

La lectura en papel favorece la atención profunda. No hay avisos emergentes, ni vídeos en reproducción automática, ni desplazamiento infinito. El lector marca el ritmo. Los estudios sugieren que el papel puede mejorar la comprensión y el recuerdo a largo plazo frente a la lectura en pantallas retroiluminadas llenas de distracciones.

Lo que parece “leer a la antigua” es, en la práctica, un filtro potente contra la economía digital de la atención.

Los jóvenes a menudo dicen sentirse informados, pero mentalmente dispersos, picoteando decenas de publicaciones cortas al día. Los lectores mayores, tras 20 minutos tranquilos con un libro o un periódico, suelen terminar con una idea más clara de lo que realmente han leído.

4. Mantener horarios fijos de comidas

Muchas personas mayores siguen desayunando sentadas a la mesa, comen a mediodía más o menos a la misma hora y convierten la cena en un ancla diaria. Nada de picar continuamente delante del portátil, ni saltarse comidas por reuniones encadenadas en pantalla.

Los horarios regulares ayudan a regular el reloj biológico. Los cronobiólogos señalan que los patrones constantes de alimentación favorecen la digestión, la calidad del sueño y la salud metabólica. Cuando el estómago sabe cuándo viene la comida, el cerebro se relaja.

Los estilos de vida muy tecnológicos rompen a menudo este ritmo. Hay quien picotea a medianoche mientras ve streaming, toma café a las 4 de la tarde en plena videollamada y luego se pregunta por qué duerme mal. Las personas mayores que crecieron con la idea de “comidas de verdad” evitan parte de ese caos casi por defecto.

5. Caminar sin auriculares ni apps de seguimiento

Los corredores más jóvenes escuchan listas de reproducción y registran cada paso. Muchas personas de 60 y 70 años simplemente caminan. Sin auriculares, sin reloj inteligente. Quieren notar el tiempo que hace, saludar a los vecinos o hablar con quien se les una.

Este hábito hace más que estirar las piernas. Caminar sin estimulación auditiva constante ofrece al cerebro un raro tiempo no estructurado. Los psicólogos relacionan este tipo de “divagación mental” con la resolución de problemas, la creatividad y el procesamiento emocional.

Cuando las personas mayores caminan en silencio, no están siendo ineficientes. Le están dando a su sistema nervioso un reinicio diario.

Los paseos por el barrio también fortalecen los “lazos débiles”: esas pequeñas interacciones amables con dependientes, dueños de perros u otros habituales del recorrido. Estos contactos informales suelen predecir puntuaciones más bajas de soledad, especialmente en edades avanzadas.

6. Usar efectivo y presupuestos sencillos

Mientras muchos jóvenes pagan con tarjeta o móvil sin pensarlo, una gran parte de las personas mayores sigue prefiriendo billetes y monedas. Pueden sentir el dinero salir de sus manos y verlo disminuir en la cartera.

Los economistas conductuales llevan tiempo defendiendo que el efectivo crea un “dolor de pagar” que frena el gasto impulsivo. Los pagos sin contacto, en cambio, desconectan la compra de la sensación de pérdida, lo que puede alimentar el gasto excesivo y la ansiedad financiera.

Hábito Frecuente en Efecto probable
Pagar en efectivo 60–70 años Más conciencia del gasto
Pagar sin contacto para todo 20–40 años Comodidad, pero es más fácil perder la cuenta

En hogares de personas mayores también se ven hábitos de presupuesto más simples, como los “sistemas de sobres” para la compra, las facturas y los caprichos. Estos métodos carecen de brillo, pero reducen el estrés económico que persigue a muchos jóvenes que encadenan suscripciones digitales y fórmulas de “compra ahora, paga después”.

7. Visitar, no solo mensajear

Muchos abuelos siguen insistiendo en “pasarse un momento” a tomar un té, llevar sopa cuando alguien está enfermo o organizar comidas de domingo. Valoran estar presentes físicamente, incluso cuando una videollamada sería más rápida.

Los científicos sociales clasifican estos rituales como “mantenimiento de lazos fuertes”. Sentarse juntos, compartir comida y ver el lenguaje corporal profundiza las relaciones de un modo que los chats de grupo no pueden.

Los rituales domésticos -una comida compartida, una tarta de cumpleaños en una cocina de verdad- actúan como una armadura silenciosa contra la soledad que se esconde tras feeds sociales muy activos.

Las generaciones jóvenes suelen tener redes online amplias pero superficiales. Los mayores, con menos contactos pero tradiciones presenciales más ricas, a menudo reportan mayor satisfacción con sus relaciones más cercanas, aunque vean a menos gente en total.

8. Proteger las noches de las pantallas

Muchas personas de 60 o 70 años crecieron cuando la televisión tenía hora de “apagar” y el teléfono se quedaba en el pasillo. Algunos todavía replican ese ritmo. Tras la cena, se cierra el portátil, el móvil se deja en el aparador y la noche se reserva para conversar, leer o dedicar tiempo a aficiones.

Esto crea un límite natural que los expertos en sueño no se cansan de recomendar a los jóvenes: reducir la exposición a pantallas al menos una hora antes de dormir. La luz azul y la estimulación emocional de las redes sociales pueden retrasar el sueño, mientras que los correos nocturnos de trabajo mantienen el cerebro en modo resolución de problemas.

Al ser fieles al viejo hábito de “bajar revoluciones”, las personas mayores siguen sin querer pautas modernas de higiene del sueño. Muchos profesionales jóvenes intentan lograr lo mismo con apps de bienestar, mientras ignoran el cambio más simple: dejar el móvil en otra habitación.

9. Reparar, remendar y reutilizar

Desde coser un botón suelto hasta arreglar una silla coja, muchas personas mayores optan por reparar en lugar de reemplazar. Esta mentalidad refleja una infancia en la que los bienes eran escasos y las habilidades se aprendían pronto, no se veían en un tutorial a 1,5x.

Ese hábito hoy encaja con los objetivos de sostenibilidad. Remendar reduce residuos, baja el consumo y aporta sensación de competencia. Los psicólogos describen un vínculo claro entre las “experiencias de dominio” -usar las manos para resolver un problema concreto- y una mayor resiliencia frente al ánimo bajo.

La cultura de la reparación ralentiza la vida lo justo para que la satisfacción pueda alcanzarla.

Las generaciones jóvenes muestran cada vez más interés por intercambios de ropa y cafés de reparación, redescubriendo lo que muchas personas mayores nunca abandonaron: el placer silencioso de hacer que las cosas duren.

Lo que la gente joven puede tomar prestado sin desconectarse

Pequeños experimentos que cambian el equilibrio

Nada de esto significa meter el smartphone en un cajón y vivir como si fuera 1975. La tecnología también ayuda a las personas mayores a mantenerse independientes, acceder a la sanidad y hablar con familia en el extranjero. La cuestión es otra: los hábitos que han sobrevivido a seis décadas de cambios a menudo merecen más respeto que una app nueva.

Para los lectores jóvenes, algunas de estas prácticas funcionan como experimentos sencillos y comprobables:

  • Sustituye un chat de grupo semanal por una llamada de voz de 20 minutos.
  • Usa un cuaderno de papel para tareas de trabajo profundo durante un mes.
  • Fija una hora de cena tres noches a la semana, sin móvil.
  • Camina una vez al día sin auriculares ni seguimiento.
  • Paga en efectivo los gastos discrecionales durante dos semanas.

Cada paso funciona como un pequeño ensayo de estilo de vida. El estado de ánimo, el sueño y la concentración suelen cambiar sutilmente en cuestión de días. La ausencia de alertas constantes puede resultar rara al principio y, después, sorprendentemente tranquila.

Más allá de la nostalgia: construir una rutina “intergeneracional”

Existe el riesgo de idealizar a las generaciones mayores y demonizar a las jóvenes. Muchas personas mayores también se sienten solas, y muchos veinteañeros gestionan el móvil de forma saludable. El enfoque más útil mira los hábitos, no el año de nacimiento.

Una rutina mixta, que tome lo mejor de ambos mundos, puede servir a cualquier edad: videollamadas para la familia que vive lejos, pero visitas en persona cuando sea posible; banca online combinada con un presupuesto claro y sencillo; noticias digitales con lectura deliberada en papel los fines de semana.

Pensar así convierte a abuelos y vecinos mayores en expertos discretos en salud mental cotidiana. Invitarles a compartir cómo organizan sus días -qué mantienen, qué ignoran, qué lamentan haber cambiado- puede convertirse en una fuente inesperada de consejos prácticos, muy por encima de la típica conversación sobre apps y trucos.

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