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Cambiar de trabajo, mudarse, dejarlo todo… las decisiones vitales que ahora más tememos.

Hombre con maleta y documento en mano, camina con cajas al fondo en una habitación con mesa.

Hoy acechan tras las decisiones rutinarias, poniendo a prueba en silencio nuestros nervios y prioridades.

Desde cambiar de carrera hasta desarraigar a una familia, las elecciones que antes parecían aventuras audaces ahora a menudo se parecen a números de funambulismo. Ante economías inestables, la disrupción tecnológica y sistemas sanitarios frágiles, mucha gente ya no teme el peligro en abstracto. Teme perder el delicado equilibrio que por fin logró construir.

Lo que nuestras elecciones más arriesgadas revelan sobre la vida en 2025

Un nuevo estudio de la Universidad de Zúrich se propuso entender qué considera la gente realmente una «decisión arriesgada» en su vida cotidiana. En lugar de dar a los participantes una lista de escenarios hipotéticos, los investigadores pidieron a 4.380 personas que describieran, con sus propias palabras, una elección real que percibieran como arriesgada. Sin casillas de opción múltiple. Solo historias.

Las respuestas, publicadas en la revista Psychological Science y lideradas por los investigadores suizos Renato Frey y Olivia Fischer, dibujan un panorama sorprendentemente coherente: el riesgo moderno tiene menos que ver con catástrofes excepcionales y más con el miedo a descarrilar una vida que ya se siente frágil.

El riesgo moderno, para muchas personas, significa perder el control de su rumbo: ingresos, identidad, salud o vínculos sociales.

El equipo analizó todas las respuestas y agrupó las decisiones en seis grandes áreas: trabajo, dinero, salud, relaciones sociales, transporte y ocio. El método suena simple, pero rompe con décadas de investigación basada en laboratorio, donde eran los académicos quienes decidían qué contaba como «arriesgado». Aquí, el público puso los términos.

Las decisiones laborales ahora se sienten como saltar sin red de seguridad

El resultado más claro: el trabajo domina. Entre aproximadamente 100 tipos recurrentes de decisiones, las elecciones profesionales aparecieron con mucha más frecuencia que los asuntos de salud o los dilemas románticos. La gente habló de:

  • Aceptar un nuevo empleo en otra ciudad o país
  • Dejar el trabajo sin tener otro puesto asegurado
  • Abandonar un contrato indefinido para pasar a autónomo o a trabajar por cuenta propia
  • Emprender un negocio con ahorros o dinero prestado
  • Rechazar un ascenso que podría perjudicar la vida familiar

Los investigadores esperaban que la salud o las relaciones fueran lo primero. En cambio, los movimientos de carrera cargaban con el mayor peso emocional. Detrás de estas historias hay un conjunto de preocupaciones más profundas: el miedo al desempleo de larga duración, el riesgo de caer en la pobreza y la ansiedad de quedar fuera del propio grupo social si el dinero escasea.

Cambiar de trabajo no significa solo cambiar de tareas. Para muchos, pone en juego estatus, ingresos, identidad y pertenencia en un solo movimiento.

Por qué el trabajo se siente tan peligroso ahora

Tres fuerzas intensifican la sensación de riesgo en torno a la carrera profesional:

  • Fragilidad económica: tras años de crisis, la gente duda de que vaya a encontrar un empleo estable si da un paso «equivocado».
  • Ansiedad por la automatización: la inteligencia artificial y la digitalización difuminan el futuro de muchos puestos, lo que hace que elegir un camino se sienta como apostar por el caballo equivocado.
  • Presión social: el trabajo sigue moldeando el estatus, las amistades y la autoestima, especialmente en entornos urbanos y de clase media.

El estudio de Zúrich también halló una notable estabilidad en las prioridades. Tanto si los participantes respondieron antes, durante o después de la pandemia de la Covid-19, el trabajo siguió siendo la principal fuente de riesgo percibido. Ni siquiera una crisis sanitaria global alteró esta jerarquía. Esa persistencia dice mucho sobre lo profundamente que la inseguridad laboral se ha instalado en la vida diaria.

Más allá del trabajo: los seis escenarios de riesgo de la vida cotidiana

Aunque las decisiones profesionales ocuparon el primer lugar, la investigación trazó un panorama más amplio de ansiedad. A través de miles de historias, seis ámbitos aparecieron una y otra vez.

Ámbito Decisión arriesgada típica
Trabajo Dimisión, cambio de carrera, mudanza por trabajo
Finanzas Invertir ahorros, comprar una vivienda, asumir una gran deuda
Salud Aceptar o rechazar una operación, probar un tratamiento nuevo
Relaciones sociales Poner fin a una relación larga, tener un hijo, salir del armario
Transporte Conducir en condiciones de riesgo, exceso de velocidad, ir en bicicleta con tráfico intenso
Ocio Deportes extremos, viajar solo, mudarse al extranjero para «empezar de cero»

Algunas decisiones ocurren raramente pero conllevan una gran carga psicológica: emigrar, rechazar una operación que salva la vida, cortar la relación con un familiar. Otras parecen mundanas, pero se repiten a diario, como cruzar fuera del paso de peatones o conducir tras una noche de poco sueño. El estudio trata ambas como ventanas a la forma en que la gente evalúa el peligro, los intercambios y la responsabilidad.

Edad, género y el rostro cambiante del riesgo

Esta fotografía de los miedos no es uniforme. El riesgo se ve distinto a los 23 que a los 63, y los datos lo reflejan.

Adultos jóvenes: miedo a quedarse atascados pronto

Entre estudiantes y personas en sus primeros trabajos, muchas «decisiones arriesgadas» giran en torno a la educación y los primeros empleos. La gente se preocupa por:

  • Abandonar la universidad o cambiar de carrera
  • Aceptar un trabajo que pueda atraparlos en una trayectoria de baja cualificación
  • Tomarse tiempo para viajar, temiendo un «hueco» en el CV

Detrás de esas elecciones se esconde una preocupación común: perder el tiempo. Los jóvenes encuestados temen despertarse a los 30 sintiendo que apostaron por el caballo equivocado, en un mercado laboral que perdona poco.

Adultos mayores: proteger un equilibrio frágil

Los participantes de más edad mencionan un conjunto distinto de riesgos. Muchas historias se centran en proteger rutinas y salud: cambiar de médico, vender y mudarse a una casa más pequeña, trasladarse para vivir más cerca de los hijos o aceptar que deberían dejar de conducir.

En etapas posteriores de la vida, el riesgo tiene menos que ver con grandes saltos hacia delante y más con perder demasiado rápido un terreno familiar.

El género también da forma al panorama. Aunque el estudio de Zúrich no lo redujo todo a estereotipos, sí aparecieron patrones. Las mujeres describieron con más frecuencia decisiones que equilibraban el trabajo con los cuidados: mudarse por el empleo de la pareja, trabajar a tiempo parcial o posponer un tratamiento médico para seguir disponibles para hijos o padres mayores. Los hombres, en cambio, hablaron más a menudo de especulación financiera, emprendimiento y comportamiento al volante.

De la psicología a la política: un mapa de vulnerabilidades ocultas

Para responsables políticos y empresas, esta investigación hace más que retratar un estado de ánimo. Funciona como un mapa de estrés de la vida contemporánea. Cuando miles de personas reportan el mismo tipo de elección como arriesgada, ese conjunto señala puntos frágiles del tejido social.

La inseguridad profesional, por ejemplo, podría empujar a los gobiernos a replantearse cómo funcionan el seguro de desempleo, el reciclaje profesional y la orientación laboral. Si los trabajadores a mitad de carrera se sienten paralizados ante la idea de cambiar de sector, se quedan en industrias en declive en lugar de moverse hacia donde se necesitan sus habilidades.

En salud, escuchar que la gente a menudo teme rechazar o retrasar una operación muestra brechas en la comunicación entre médicos y pacientes. Muchos no están solo sopesando probabilidades médicas; temen la pérdida de autonomía, los costes o meses de dependencia de familiares.

Al partir de decisiones vividas en lugar de teoría, el método de Zúrich pone de relieve dónde duele de verdad la vida cotidiana.

Cómo hacer que las decisiones vitales intimidantes se sientan menos como una caída libre

Para las personas, el estudio ofrece un mensaje discretamente tranquilizador: sentirse aterrorizado ante la idea de dimitir, mudarse o cambiar de rumbo no es una debilidad personal. Es una reacción casi universal en un mundo que carga consecuencias pesadas sobre unas pocas decisiones clave.

Varios pasos prácticos pueden aliviar esa presión:

  • Hacer pequeñas simulaciones: en lugar de lanzarte a ser autónomo, prueba un proyecto paralelo durante seis meses con un presupuesto claramente definido.
  • Usar «pruebas de arrepentimiento»: pregúntate de qué opción te arrepentirías más dentro de cinco años, suponiendo que ambas salen razonablemente bien.
  • Separar el miedo al cambio del miedo a la pobreza: calcula, con números, cuántos meses de gastos cubren tus ahorros y a qué prestaciones podrías optar.
  • Buscar movimientos reversibles: cuando sea posible, elige caminos en los que puedas dar marcha atrás o ajustar el rumbo en un año.

Herramientas simples como un diario personal de riesgos también pueden ayudar. Durante una semana, anota cada vez que pienses «esto se siente arriesgado», desde cruzar una calle concurrida hasta enviar un correo atrevido a tu responsable. Los patrones emergen rápido. Algunas personas se dan cuenta de que la mayor parte de su «energía de riesgo» se va en la aprobación social, no en un peligro físico o financiero real.

Los psicólogos hablan de «percepción del riesgo» para describir esta brecha entre las probabilidades reales y el miedo personal. Dos personas pueden enfrentarse al mismo 10% de probabilidad de perder el empleo. Una duerme bien; la otra no logra desconectar. Entender dónde tú sobreestimas o subestimas el peligro puede guiar hacia mejores apoyos, ya sea mediante coaching, terapia o simplemente conversaciones más honestas en el trabajo y en casa.

A un nivel más amplio, el estudio de Zúrich invita a otros países a repetir el experimento con sus propias poblaciones. Una encuesta similar en el Reino Unido, Estados Unidos u otros lugares podría mostrar cómo las crisis de vivienda, la deuda estudiantil o los sistemas de seguro médico reconfiguran la sensación de riesgo. Solo entonces podrán ajustarse las instituciones, no solo para gestionar crisis, sino para aliviar el estrés silencioso de esos momentos en que alguien se sienta en la mesa de la cocina preguntándose si se atreve a cambiarlo todo.

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