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El electrodoméstico que todos tenemos y que consume tanta energía como 65 frigoríficos funcionando a la vez.

Persona sacando una toalla de una lavadora con vapor. Encima hay toallas dobladas y un dispositivo pequeño.

Todos hemos vivido ya ese momento en el que el contador de la luz se dispara, sin saber muy bien por qué.

Las luces están apagadas, el horno está frío, la televisión en modo espera. Todo parece razonable. Y, aun así, la factura cuenta otra historia, casi insultante. Entonces miramos a los “grandes” culpables: la nevera, la secadora, el aire acondicionado. Suspiras, prometes estar más atento. Y luego vuelves a abrir la puerta de ese famoso aparato, por pura inercia. Un clic seco, un pequeño zumbido, y se te olvida.

Aquella mañana, en una cocina cualquiera de un barrio residencial de las afueras de Londres, una familia entera rondaba ese objeto sin verlo de verdad. Los niños le echaban una mirada distraída antes de salir corriendo al colegio. El padre pasaba la mano varias veces, “solo para comprobar”. La madre se quejaba del importe de las facturas, mientras dejaba el aparato encendido casi de forma continua. Nadie ataba cabos. Nadie pensaba que esa simple máquina se tragaba tanta energía como 65 frigoríficos funcionando a la vez.

¿Y si el verdadero monstruo eléctrico de casa no fuera el que creemos?

El falso amigo brillante al fondo de la cocina

El aparato en cuestión no impresiona a primera vista. No vibra como una lavadora, no calienta como un horno. Casi no hace ruido, solo un soplo discreto. Precisamente ese silencio es lo que lo vuelve tan peligroso para nuestra factura y para la red eléctrica. Lo abres, lo cierras, pulsas un botón como quien respira.

¿Hablamos del microondas? ¿Del congelador americano? No. El auténtico devorador de energía, en muchos hogares modernos, es… la secadora. Pero no cualquiera: el modelo tradicional de resistencia, usado varias veces por semana, en estancias mal ventiladas, a veces durante horas. Según algunas estimaciones, un uso intensivo a lo largo de un año puede alcanzar un consumo equivalente al de 60 a 65 frigoríficos combinados. La imagen impacta. De repente visualizas un ejército de neveras funcionando solo para secar unas toallas.

Aún se entiende mejor cuando miras un día tipo. Una familia con dos hijos pone una primera lavadora por la mañana, y luego un secado “rápido” antes del colegio. Por la noche, nueva colada, nuevo secado “completo, que lo necesitamos para mañana”. El fin de semana, encadenan sábanas, fundas, ropa de deporte. A final de mes, la secadora ha estado funcionando decenas de horas. Mil pequeños gestos de comodidad, perfectamente comprensibles, se transforman en megavatios engullidos.

Las cifras marean. Una secadora clásica puede consumir entre 2 y 4 kWh por ciclo. Un frigorífico moderno ronda los 0,3 a 0,7 kWh al día. En un año, una secadora usada con frecuencia puede superar con holgura los 500 kWh, o incluso bastante más en algunos hogares. Si se acumulan usos intensivos, mal ajustados y modelos antiguos, la comparación simbólica con “65 neveras en paralelo” se convierte en la forma más clara de comprender la magnitud del problema. El aparato parece pequeño; el impacto es masivo.

Cómo domar a este monstruo sin volver a la cuerda de tender de antaño

La buena noticia es que no estamos condenados a vivir rodeados de ropa húmeda. El primer gesto es tratar la secadora como una herramienta de emergencia, no como un hábito automático. Por ejemplo, puedes decidir usarla solo para urgencias: las sábanas de invitados, las toallas en invierno, la ropa de trabajo que de verdad necesitas recuperar rápido. El resto de días, un simple tendedero cerca de una ventana o en una habitación ventilada ya marca una diferencia enorme en el consumo.

Otro método muy concreto: jugar con el grado de centrifugado de la lavadora. Cuanto más “seca” salga la ropa, menos tiempo tendrá que trabajar la secadora. Pasar de un centrifugado medio a uno alto reduce la duración del secado en varias decenas de minutos. No se nota en el momento, pero se nota mucho en la factura anual. También puedes priorizar los programas “eco” y parar el ciclo cuando la ropa esté lo suficientemente seca como para terminar al aire. Seamos sinceros: nadie lo hace de verdad todos los días. Pero incluso si lo cumples una de cada dos veces, el ahorro ya es enorme.

“La electricidad más barata y más limpia sigue siendo la que no se consume”, resume un experto en eficiencia energética. “La secadora es un ejemplo perfecto: aporta una comodidad real, pero se puede reducir fácilmente su uso sin cambiar de vida.”

Para verlo claro en el día a día, ayudan algunas referencias sencillas:

  • Evitar poner la secadora para dos camisetas y un vaquero.
  • Limpiar el filtro después de casi cada ciclo, para no alargar el tiempo de secado.
  • Probar un “día sin secadora” a la semana, en familia, solo para medir el impacto.
  • Priorizar un modelo con bomba de calor en la próxima compra, mucho menos consumidor.
  • Vigilar el consumo con un enchufe inteligente, aunque sea un mes, para tomar conciencia.

¿Y si nuestra comodidad eléctrica contara otra historia?

Lo que está en juego con ese famoso aparato que consume como 65 frigoríficos no es solo una cuestión de números. Es una historia de comodidad, de automatismos, de pequeñas facilidades que nos concedemos porque estamos cansados, con prisas o simplemente habituados. En un día a día ya de por sí cargado, la idea de volver al secado natural puede parecer anticuada, incluso pesada. Sin embargo, muchos descubren que, modificando apenas sus rutinas, recuperan decenas de euros al mes, sin tener la sensación de estar renunciando a nada.

También se puede ver esta toma de conciencia como una especie de juego colectivo. ¿Quién, en la familia, detectará la próxima “carga de ropa” que puede secarse al aire? ¿Qué vecino compartirá su truco para secar más rápido sin electrificarlo todo? ¿Qué reglas simples podemos fijarnos en el edificio o en el barrio? Hay algo casi alegre en devolver un poco de sentido común a nuestros enchufes. El aire seco en una sábana que ondea en una habitación soleada también es volver a un ritmo más lento, más visible, más tangible.

La secadora seguirá ahí, por supuesto, lista para funcionar cuando haga falta. Pero verla como una máquina que “equivale” a 65 neveras cambia la perspectiva. Ya no pulsas el botón con la misma despreocupación. Te lo piensas un segundo, a veces dos. Y a menudo es en esos dos segundos de pausa donde se decide el verdadero ahorro: energético y mental.

Punto clave Detalle Interés para el lector
La secadora, campeona oculta del consumo Un uso intensivo puede equivaler a la energía consumida por varias decenas de frigoríficos modernos Tomar conciencia del peso real de este aparato en la factura
Gestos simples, sin revolucionar la vida Limitar el uso a urgencias, mejorar el centrifugado, terminar el secado al aire Reducir costes sin perder toda la comodidad del secado rápido
Elegir mejor, en el momento adecuado Priorizar modelos con bomba de calor y vigilar el consumo real con un enchufe inteligente Invertir con criterio en la próxima compra y evitar sorpresas

FAQ:

  • ¿Todas las secadoras consumen tanta energía? No, los modelos de resistencia son los más voraces. Los modelos con bomba de calor consumen bastante menos, a veces la mitad para el mismo volumen de ropa.
  • ¿Una secadora moderna clase A+++ realmente cambia las cosas? Sí, la clase energética marca una diferencia real a lo largo de varios años, sobre todo si haces muchas coladas cada semana.
  • ¿Secar la ropa dentro de casa es malo para la vivienda? Sin ventilación, la humedad puede favorecer moho y malos olores. Lo ideal es combinar secado natural y buena ventilación, o usar la secadora solo cuando el aire ya esté saturado.
  • ¿Usar un programa “rápido” consume menos? No necesariamente. Algunos programas cortos calientan más para ahorrar tiempo, lo que puede consumir lo mismo, o incluso más, que un ciclo eco más largo.
  • ¿Cómo saber si mi secadora es un “gran” consumidor? Puedes mirar la etiqueta energética, el manual o enchufar el aparato a un medidor durante unas semanas para ver, negro sobre blanco, el consumo real.

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