Desde andenes de metro abarrotados hasta carreteras rurales vacías, nuestros días comparten un patrón extraño y silencioso. Vivamos donde vivamos, y usemos el vehículo que usemos, parece que dedicamos aproximadamente la misma cantidad de tiempo a desplazarnos. Ese patrón se mantiene estable, incluso a medida que el transporte se vuelve más rápido y las ciudades se expanden hacia fuera.
La extraña regla global de los 78 minutos
Un enorme análisis reciente de datos de viajes de 43 países, que abarca a más de la mitad de la población mundial, apunta a una regularidad llamativa. Investigadores de la Universidad Autónoma de Barcelona y de la Universidad McGill descubrieron que las personas de todo el planeta pasan, de media, alrededor de 1,3 horas al día en movimiento. Son 78 minutos, con apenas unos doce minutos de diferencia entre los promedios nacionales más bajos y los más altos.
Este patrón aparece en países ricos y pobres, en megaciudades densas y en regiones rurales remotas. Se cumple para quienes conducen, viajan en autobús o tren, y para quienes principalmente caminan o van en bicicleta. El tiempo total invertido en el movimiento diario se mantiene sorprendentemente similar.
Nuestras vidas parecen regirse por un temporizador invisible: aproximadamente 78 minutos de movimiento al día, independientemente de la distancia o del destino.
El estudio sugiere que no se trata de un límite biológico estricto, sino más bien de un equilibrio compartido. Algunos trayectos responden a necesidades básicas: ir al trabajo, llevar a los niños al colegio, comprar comida. Otros responden a motivos más difusos: el deseo de ver entornos nuevos, mantener una rutina o despejar la mente después de un día largo.
Estas presiones mezcladas, entre el cansancio y la curiosidad, el deber y el deseo, parecen formar lo que los investigadores llaman un «presupuesto diario de tiempo de viaje». La mayoría de la gente se acomoda a un número habitual de minutos que le resulta aceptable y, a partir de ahí, ajusta destinos y modos de transporte dentro de ese límite.
Transporte más rápido, distancias más largas, el mismo tiempo
A primera vista, el transporte moderno debería haber roto este patrón. En las últimas décadas, los coches han ganado velocidad, los trenes de alta velocidad se han multiplicado y nuevas carreteras y túneles han eliminado cuellos de botella. Cada documento de política prometía «ahorro de tiempo» y «viajes más cortos».
Sin embargo, los datos dibujan un panorama distinto. Cuando los vehículos se vuelven más rápidos, la gente no reduce su tiempo diario de desplazamiento. Simplemente va más lejos.
La velocidad no ahorra realmente tiempo; estira el mapa de hasta dónde estamos dispuestos a ir dentro de esos 78 minutos.
La investigación, publicada en la revista Environmental Research Letters, muestra cómo las ganancias de velocidad se traducen en desplazamientos al trabajo más largos, una expansión suburbana mayor o rutinas diarias más dispersas. Un conductor que compra un coche más rápido rara vez reduce a la mitad su tiempo de viaje. En su lugar, puede aceptar un trabajo en un distrito empresarial más lejano, mudarse a una casa más grande en las afueras o encajar más recados en el mismo día.
Este efecto rebote tiene consecuencias claras para el uso de energía. Los fabricantes de coches han hecho los motores más eficientes. Trenes y aviones consumen menos unidades de combustible por kilómetro que en la década de 1970. Aun así, el uso total de energía para el transporte sigue siendo elevado, porque la gente sigue llenando sus 78 minutos con distancias cada vez mayores.
Cuando las mejoras de eficiencia se esfuman en la carretera
Alemania ofrece un caso claro. Entre 1975 y 2005, la eficiencia media de los coches mejoró alrededor de un 40%. Sobre el papel, eso debería haber reducido drásticamente el consumo de combustible. Pero, en el mismo periodo, la distancia típica recorrida por persona aumentó aproximadamente un 50%. Los kilómetros adicionales anularon el progreso técnico.
Este patrón se repite en muchos países industrializados. Motores mejores y carreteras más fluidas fomentan desplazamientos al trabajo más largos, más viajes de fin de semana y una logística diaria compleja que involucra colegios, gimnasios, supermercados y actividades de ocio repartidos por amplias regiones metropolitanas.
- La velocidad reduce la sensación de distancia.
- La reducción del coste de la distancia anima a la gente a vivir más lejos de su trabajo.
- Las distancias mayores reconstruyen la congestión y las emisiones a un nivel más alto.
El verdadero límite no está en la maquinaria, sino en la disposición de las personas a invertir tiempo en desplazarse. Ese techo, en torno a 78 minutos, se convierte en el ancla alrededor de la cual se dobla el resto del sistema.
Pensar el transporte en horas, no en kilómetros
Si el tiempo de viaje se mantiene esencialmente fijo a escala global, entonces cambia una pregunta clave. En lugar de preguntar cómo reducir la energía por kilómetro, los investigadores sostienen que deberíamos fijarnos en la energía por hora de movimiento. Vista así, la brecha entre distintos modos de transporte se vuelve dramática.
Caminar durante una hora consume poca energía más allá de la que el cuerpo gastaría de todos modos. Ir en bicicleta la incrementa ligeramente. El transporte público añade el consumo del vehículo, pero transporta a muchas personas a la vez. Los coches, especialmente los grandes conducidos por una sola persona, se sitúan en el otro extremo del espectro.
Durante prácticamente los mismos 78 minutos diarios de movimiento, una ciudad de caminantes y ciclistas gastará mucha menos energía que una ciudad diseñada para el coche privado.
Cuánta energía consume realmente tu movimiento diario
Los investigadores han estimado un uso energético horario típico para distintos modos de desplazamiento:
| Modo de desplazamiento | Uso energético aproximado por hora |
|---|---|
| Caminar | ~1,5 megajulios (MJ) |
| Bicicleta | ~3 MJ |
| Metro eléctrico | ~10 MJ |
| Conductor solo en un SUV grande | ~140 MJ |
Estas cifras se refieren a la energía total necesaria para que ese modo funcione, no solo al combustible en el depósito. Dado que la mayoría de las personas, de media, se mueven alrededor de 78 minutos al día, el impacto a largo plazo depende mucho más del modo elegido que de etiquetas de estilo de vida como «urbano» o «suburbano».
Lo que esto significa para las ciudades y la política pública
Para planificadores y políticos, esta investigación lanza un mensaje contundente. Construir carreteras más rápidas, rondas más grandes o enlaces de alta velocidad, sin cambiar la lógica básica del desplazamiento, corre el riesgo de encerrar a las sociedades en un alto consumo de energía. El presupuesto diario de 78 minutos permanece, y la infraestructura simplemente anima a gastarlo de una manera intensiva en energía.
Las políticas que rediseñan los espacios donde transcurren esos 78 minutos pueden cambiar el resultado. Barrios compactos con tiendas, colegios y servicios cerca de las viviendas hacen que caminar e ir en bicicleta sea práctico. Carriles bici seguros, autobuses frecuentes y redes de metro fiables convierten los desplazamientos de menor consumo en una elección normal, en lugar de un sacrificio.
La cuestión es menos «¿a qué velocidad podemos ir?» y más «¿qué tipo de trayectos llenan nuestra porción diaria fija de tiempo de viaje?».
Los gobiernos también pueden influir en los hábitos mediante precios. Impuestos sobre el combustible, peajes de congestión, abonos de transporte público más baratos o incentivos para bicicletas eléctricas cambian el cálculo de millones de pequeñas decisiones. Con los años, estos empujones moldean dónde vive la gente, cómo las empresas eligen ubicaciones y qué se considera un desplazamiento razonable al trabajo.
El lado personal de un patrón global
A nivel individual, pensar en términos de presupuesto de tiempo de viaje puede ayudar a la gente a reevaluar sus rutinas. Alguien que pasa 40 minutos de ida y 40 de vuelta conduciendo al trabajo ya ha consumido el promedio de 78 minutos, antes de cualquier trayecto escolar o actividad nocturna. Elegir un empleo más cercano, un barrio distinto o un modo que además sirva como ejercicio puede cambiar por completo cómo se siente esa porción del día.
Investigaciones en salud vinculan los largos desplazamientos en coche con más estrés, menos sueño y menos tiempo para la familia o los hobbies. Cambiar parte de ese tiempo de coche por caminar, ir en bicicleta o incluso ir de pie en un tren puede reducir las horas sedentarias y aligerar la carga mental. Los 78 minutos se mantienen, pero cambia la calidad de esos minutos.
Más allá de los 78 minutos: una mirada más amplia al movimiento
Este trabajo también toca preguntas más profundas sobre cómo las sociedades organizan el tiempo y el espacio. El presupuesto fijo de viaje apunta a límites psicológicos: cuánto tiempo tolera la gente sentirse «entre» lugares antes de que aparezcan el desasosiego o la frustración. Las expectativas culturales -sobre la casa adecuada, el colegio adecuado, el trabajo adecuado- empujan contra ese límite y alejan a las personas de sus anclajes cotidianos.
Los investigadores urbanos están probando ahora modelos alternativos. Un ejemplo es la «ciudad de 15 minutos», donde la mayoría de las necesidades diarias se sitúan a una corta distancia a pie o en bicicleta. Otro enfoque analiza horarios de trabajo flexibles o el trabajo remoto para redistribuir los viajes a lo largo del día, aliviando los picos de hora punta sin cambiar el tiempo total que la gente se desplaza.
Para la política climática, el hallazgo de los 78 minutos funciona como una advertencia silenciosa. Apostarlo todo por motores o combustibles más limpios, ignorando la estructura del movimiento diario, conlleva un riesgo. Si vehículos verdes más rápidos y baratos simplemente permiten viajes más largos, entonces las emisiones podrían caer menos de lo previsto. Combinar tecnología con cambios en el uso del suelo, el transporte público y el diseño de las calles ofrece una vía más sólida.
Cualquiera que planifique una nueva urbanización, un campus de oficinas o una línea ferroviaria puede utilizar esta pregunta sencilla como prueba de realidad: ¿cómo moldeará este proyecto la forma en que la gente gasta sus 78 minutos? La respuesta a menudo revela costes ocultos y oportunidades perdidas para reducir el consumo de energía, aliviar el tráfico y ofrecer a la gente un día más tranquilo.
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