Nestled above the usual caravan routes, this forgotten settlement has begun to surface stone by stone, forcing researchers to rethink who really controlled trade, metal and power along the medieval Silk Road.
Una ciudad de montaña donde no debería existir ninguna ciudad
El descubrimiento procede de Tugunbulak, un paraje remoto del sureste de Uzbekistán encaramado a unos 2.100 metros sobre el nivel del mar. Hasta hace poco, la zona parecía el típico pasto de altura: aire fino, obstinadas manchas de nieve veraniega, un puñado de pastores y sus caballos. Nada que sugiriera un centro urbano organizado, y mucho menos uno del tamaño de una pequeña capital medieval.
Durante la campaña de campo de 2024, un equipo uzbeko-estadounidense dirigido por los arqueólogos Michael Frachetti y Farhod Maksudov empezó a levantar esa superficie silenciosa. Lo que revelaron las zanjas les dejó atónitos: murallas de piedra, casas densamente agrupadas, complejos industriales, cementerios y calles cuidadosamente alineadas grabadas en las laderas.
Este paisaje de montaña “vacío” esconde una ciudad planificada de casi 300 hectáreas, más grande que Pompeya y construida por pastores móviles.
Las dataciones iniciales apuntan al siglo VI d. C., un periodo en el que los clanes túrquicos emergieron de la estepa oriental para levantar un imperio que se extendía desde Mongolia hasta el Cáucaso. En este contexto, la altitud de la ciudad parece menos una rareza y más una elección calculada.
Situado por encima de valles y pasos clave, el asentamiento ocupaba una posición dominante sobre el tránsito y los recursos. El equipo ha identificado grandes hornos llenos de escoria, alimentados con carbón vegetal de enebro, prueba de una producción de hierro importante y no de una simple fundición doméstica. Eran talleres concebidos para abastecer a ejércitos y caravanas, no solo a herreros de aldea.
Láseres, drones y paletines en aire enrarecido
La escala del yacimiento solo quedó clara cuando los investigadores combinaron la excavación tradicional con cartografía de alta tecnología. Lidar montado en drones escaneó crestas y barrancos, eliminando la vegetación y revelando patrones geométricos bajo la cubierta herbosa. Líneas largas y rectas y terrazas escalonadas delataban muros y plataformas de construcción artificiales, extendidas por varios niveles de la ladera.
Sobre el terreno, los paletines y las cintas métricas confirmaron lo que insinuaban las imágenes digitales: barrios planificados, obras defensivas y zonas industriales, todo ello en un paisaje que durante mucho tiempo los especialistas habían descartado como marginal y hostil. Durante décadas, los libros de historia describieron estas zonas de montaña como los patios traseros de los imperios, hogar de saqueadores más que de constructores.
La ciudad de Tugunbulak obliga a replantearlo todo: los nómadas de montaña no se limitaban a atravesar las rutas comerciales; las anclaban y las modelaban.
Marsmanda, la ciudad fantasma de las crónicas árabes
Para los historiadores de Asia Central, el nombre Marsmanda despierta otra capa de intriga. Geógrafos árabes y persas del siglo X mencionaron una villa fortificada en la montaña, rica en mineral y pastos pero pobre en viñedos y jardines. Su ubicación exacta se perdió con el tiempo, convirtiendo Marsmanda en un rompecabezas académico.
El arqueólogo Henry Misa, que estudia la geografía medieval de la región, recuerda el relato de Ibn Hawqal, quien escribió sobre un asentamiento áspero en las alturas, conocido por su metal y sus rebaños más que por huertos exuberantes. La descripción nunca encajó del todo con las ciudades conocidas de las tierras bajas. Ahora, el equipo de Tugunbulak cree que por fin puede haber encontrado la pieza que faltaba.
Las pistas coinciden: un emplazamiento de alta montaña, un polo industrial centrado en la minería y la metalurgia, una extensa huella urbana y una cronología que se solapa con las fuentes escritas. Hallazgos recientes refuerzan aún más la hipótesis.
La tumba de un guerrero y la textura de la vida cotidiana
Entre los descubrimientos más llamativos hasta ahora destaca un túmulo que contiene a un guerrero túrquico enterrado con su caballo. El ajuar funerario ofrece una instantánea vívida de la identidad y el modo de vida en esta comunidad montañesa.
- Herrajes y adornos de bronce que sugieren acceso a metalúrgicos cualificados
- Puntas de flecha de hierro que indican una sociedad entrenada para la guerra a caballo
- Un pequeño botón o insignia decorado con una cabeza de lobo, eco de símbolos de clanes de la estepa
- Una pipa ornamentada de hueso, aparentemente utilizada para inhalar cannabis, una práctica documentada en la región al menos desde el siglo V a. C.
Esta combinación de equipo marcial y objetos personales íntimos muestra una cultura que se movía con naturalidad entre valores nómadas y organización urbana. Aquí la gente montaba y saqueaba, pero también planificaba calles, operaba hornos y gestionaba cadenas de suministro complejas de combustible, mineral y alimentos.
Marsmanda parece tender un puente entre dos mundos: la movilidad de la estepa y la permanencia de murallas de piedra y barrios industriales.
La ciudad no estaba sola. Cerca de allí, Tashbulak, otro asentamiento de montaña a solo unos kilómetros, ha proporcionado cerámica fina, joyas de plata y rastros de un distrito administrativo. Juntos, ambos yacimientos dibujan una red local de centros montañeses que alimentaban a las ciudades más ricas de las tierras bajas, como Samarcanda y Bujará.
Un nuevo mapa de la Ruta de la Seda visto desde arriba
Las versiones de manual de la Ruta de la Seda suelen presentarla como una línea de puntos de oasis y ciudades de llanura: Samarcanda, Bujará, Kashgar, Merv. Las montañas aparecen en segundo plano, retratadas como corredores difíciles donde tribus inquietas hostigaban caravanas y, ocasionalmente, derribaban dinastías.
Las evidencias de Tugunbulak y Tashbulak apuntan a un patrón diferente. Aquí, las mesetas altas no se limitaban a enmarcar la historia; albergaban comunidades densas que suministraban hierro, ganado y cultivos estacionales a la economía caravanera.
Los trabajos arqueobotánicos sugieren que los habitantes cultivaban cebada resistente, adecuada para estaciones de crecimiento cortas, mientras intercambiaban frutas y granos finos procedentes de los valles inferiores. Los rebaños pastaban en praderas de altura en verano y después abastecían los mercados de las tierras bajas con carne, pieles y lana.
En este modelo, Marsmanda se convierte en un punto de articulación más que en una zona marginal. Las caravanas podrían haber parado aquí no solo para dar descanso a los animales, sino para herrar de nuevo a los caballos, reparar armas y negociar con intermediarios del poder que controlaban tanto los pasos como las fraguas.
| Ciudades de la Ruta de la Seda en las tierras bajas | Centros de alta montaña como Marsmanda |
|---|---|
| Agricultura de oasis y sistemas de regadío | Pastos para caballos y ovejas |
| Caravasares, mercados, instituciones religiosas | Crestas fortificadas, hornos industriales |
| Seda, especias, vidrio, manuscritos | Herramientas y armas de hierro, mineral, carbón vegetal |
| Poblaciones densas y permanentes | Comunidades híbridas, parcialmente móviles y parcialmente asentadas |
Cuando se colocan juntos los yacimientos de montaña y de llanura, la Ruta de la Seda parece menos una sarta de perlas aisladas y más una malla intrincada de corredores, talleres y nodos estacionales.
Por qué una ciudad de montaña cambia el relato
Trasladar Marsmanda de la leyenda a una realidad cartografiada tiene consecuencias que van más allá de un solo punto en el atlas. En primer lugar, cuestiona el viejo contraste entre agricultores “civilizados” de los valles y nómadas “bárbaros” de las montañas. Los mismos grupos que seguían a los rebaños diseñaban murallas, supervisaban la minería e invertían en infraestructuras de largo recorrido.
En segundo lugar, replantea cómo operaba el poder económico. El control de la producción de hierro, los pastos seguros para caballos de guerra y el conocimiento de los pasos de altura podían importar tanto como los campos de regadío. Los estados y dinastías que ignoraron estos nodos de montaña probablemente malinterpretaron de dónde procedía su propia fuerza.
Por último, Marsmanda subraya lo desigual que sigue siendo nuestro registro arqueológico. Enormes secciones de las montañas de Asia Central apenas han sido prospectadas, y mucho menos excavadas. Si una ciudad de 300 hectáreas permaneció oculta bajo pastos hasta 2024, la región aún puede albergar otros centros olvidados que nunca llegaron a las crónicas.
Qué viene ahora para Marsmanda
Para el equipo de investigación, el yacimiento plantea ahora tanto una oportunidad como un dilema. La arqueología de alta montaña conlleva campañas cortas, meteorología dura y quebraderos de cabeza logísticos. La nieve puede volver pronto. El equipo debe viajar por caminos abruptos, y el nivel de oxígeno ralentiza el trabajo y la recuperación.
Al mismo tiempo, dejar las estructuras expuestas aumenta el riesgo de erosión y expolio. Los arqueólogos deben equilibrar la curiosidad científica con la conservación: qué barrios abrir, cuáles volver a cubrir, y cómo implicar a las comunidades locales para que los descubrimientos se traduzcan en empleo y orgullo, y no en ruinas desmanteladas.
Las próximas campañas probablemente se centren en tres preguntas. Primero, el trazado exacto de la zona industrial: ¿se agrupaban los talleres por oficio, o los hogares combinaban agricultura, pastoreo y metalurgia bajo un mismo techo? Segundo, el estatus político de Marsmanda: ¿era un puesto fronterizo de un kanato mayor o una ciudad semiindependiente gobernada por élites locales? Tercero, las razones de su abandono: cambios climáticos, reajustes del comercio, guerras o un lento desplazamiento de personas y animales hacia otros pastos.
Por qué esto importa lejos de Asia Central
Para lectores de Europa o Norteamérica, Marsmanda podría parecer una curiosidad remota. Sin embargo, las preguntas que plantea tocan debates amplios. Los historiadores de rutas comerciales, desde los Andes hasta el Himalaya, prestan ahora más atención a las economías de altura, preguntándose cuántas regiones “periféricas” moldearon en silencio los intercambios a larga distancia.
También hay un lado práctico. Las técnicas afinadas en Tugunbulak -cartografía lidar en terreno abrupto, prospección basada en la comunidad, análisis de alta resolución de escorias y carbón vegetal- alimentan la investigación climática, los estudios sobre patrimonio minero e incluso las evaluaciones de riesgo para infraestructuras modernas en frágiles zonas de montaña.
La historia de Marsmanda muestra cómo un paisaje aparentemente vacío puede albergar capas de complejidad olvidada. Para los arqueólogos, eso significa más trabajo en altura. Para el resto, cuestiona suposiciones muy arraigadas sobre quién construye ciudades, quién controla el comercio y cómo cambia la historia cuando se escribe desde las cumbres en lugar de desde las llanuras.
Comentarios
Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero!
Dejar un comentario