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Hace 1.500 años los mayas jugaban a juegos de mesa: arqueólogos en Guatemala hallan una rara y excepcional reliquia de esta civilización perdida.

Manos colocando azulejos verdes y marrones en un mosaico en el suelo, rodeado de herramientas de trabajo.

En una ciudad maya olvidada, los arqueólogos han sacado a la luz no solo un tablero de juego, sino una pieza de arquitectura construida en torno al juego, el ritual y el estatus. El hallazgo obliga a los investigadores a replantearse hasta qué punto las élites antiguas se tomaban en serio sus juegos -y qué significaban esos juegos en la vida política cotidiana.

Cuando un tablero de juego da forma a la casa que lo rodea

El descubrimiento tuvo lugar en Naachtun, una antigua ciudad maya enclavada entre los célebres rivales Tikal y Calakmul, en la región del Petén, al norte de Guatemala. Durante mucho tiempo devorada por la selva, Naachtun controló en su día un corredor clave entre esas grandes potencias. Ahora añade una nueva dimensión a cómo era el juego en las cortes del periodo Clásico.

Un equipo franco-guatemalteco, dirigido por los arqueólogos Julien Hiquet y Rémi Méreuze, descubrió un tablero de patolli en mosaico cerámico incrustado en el suelo de una residencia de élite conocida como el grupo 6L13. El tablero se encuentra bajo un edificio identificado como la estructura 6L‑19, en un área que antes se creía que era una cancha formal del juego de pelota. Las excavaciones de 2023 desmintieron esa idea y sacaron a la luz algo mucho más íntimo.

A diferencia de la mayoría de tableros mesoamericanos, el patolli de Naachtun fue planificado como parte del edificio desde el principio, y no grabado posteriormente.

El pavimento que alberga el tablero cubre una fase constructiva anterior, identificada como 6L‑19Sub. Gracias a esta secuencia estratigráfica clara, los investigadores pueden vincular el juego directamente con la fase arquitectónica principal del complejo, probablemente en torno al siglo V d. C. Ese nivel de precisión cronológica es poco habitual para los juegos antiguos en la región.

Esto significa que el tablero no apareció como un grafiti casual ni como un añadido de última hora. Los constructores lo incrustaron en el mortero fresco al colocar el suelo, como si la casa necesitara un espacio permanente dedicado a jugar, negociar o realizar rituales. El entorno sugiere un hogar prestigioso, posiblemente ligado a un linaje local poderoso.

Un escenario social dentro de una residencia privada

La presencia del tablero en un complejo residencial, y no en una gran plaza pública, apunta a reuniones semiprivadas. Las partidas podrían haberse celebrado ante familiares, aliados de confianza o dignatarios visitantes, más que ante un público masivo.

Para las élites mayas, el juego hacía algo más que llenar horas de ocio. Podía estructurar encuentros, forjar alianzas y marcar el acceso al privilegio. Decidir fijar un tablero en la propia arquitectura de una casa transmitía un mensaje claro: esta era una casa donde la gente se reunía, negociaba, observaba y quizá apostaba, todo ello enmarcado por un simbolismo cósmico.

En Naachtun, el juego parece entretejido con la puesta en escena cotidiana del poder, no separado de ella.

Un mosaico sin precedentes en el mundo maya

Lo que realmente distingue al tablero de Naachtun es cómo se fabricó. La mayoría de tableros de patolli conocidos en Mesoamérica aparecen como diseños incisos en bancos de piedra, suelos de estuco o losas de patios. Algunos parecen arañados de forma burda, otros tallados con más cuidado. Aquí, el tablero adopta la forma de un mosaico de suelo, construido con cientos de teselas cerámicas rojas.

Los arqueólogos contabilizaron 478 fragmentos separados, cada uno de unos 2,25 centímetros cuadrados. Los artesanos los presionaron en mortero fresco con un espaciado regular de alrededor de 2,5 centímetros, formando la característica pista en forma de cruz del patolli dentro de un marco rectangular. El diseño se alinea con los puntos cardinales, un patrón frecuente en la arquitectura ritual de la región.

El análisis cerámico muestra que las piezas no procedían de un taller hecho a medida. En su lugar, alfareros o constructores reutilizaron fragmentos de al menos una docena de vasijas rotas, incluidos tipos conocidos del Clásico Temprano como Dos Hermanos Rojo y Aguila Naranja. Reciclar cerámica antigua para un tablero de juego reunía objetos de distintos contextos y quizá de distintas generaciones.

Este es el único tablero de juego maya precolonial conocido realizado como un auténtico mosaico de suelo, y no tallado o pintado posteriormente.

La elección del color rojo destaca. En el pensamiento maya, el rojo se asociaba con el este, el amanecer, los nuevos comienzos y la fuerza vital. El color marcaba dirección, tiempo y transformación ritual. Disponer una senda roja en forma de cruz dentro de una casa, alineada con el cosmos, sugiere que los jugadores movían sus fichas por un paisaje cargado de significado, no solo por una pista neutral.

La precisión geométrica del tablero contrasta con muchos ejemplos incisos más toscos, que a veces parecen improvisados. Aquí, un dibujo preparatorio cuidadoso probablemente guio la colocación de cada tesela. Los constructores buscaban claridad, durabilidad y visibilidad. Ese esmero apunta a un juego que importaba por algo más que un entretenimiento pasajero.

¿Qué era exactamente el patolli?

El patolli pertenece a una familia de juegos de mesa mesoamericanos que combinan azar y estrategia. Las representaciones más conocidas aparecen en códices del México Central posclásico, donde los jugadores apuestan joyas, mantas o comida mientras mueven fichas a lo largo de una pista en forma de cruz.

Las reglas variaban según la región y el periodo, pero destacan varios rasgos recurrentes:

  • Un recorrido en forma de cruz de casillas dentro de un rectángulo, a menudo vinculado a las cuatro direcciones.
  • Movimiento basado en dispositivos de azar, como judías marcadas por un lado, en lugar de dados.
  • Apuestas de alto riesgo, con jugadores arriesgando bienes valiosos o estatus.
  • Asociaciones con la adivinación, el destino y el orden cósmico.

Para los mayas de las Tierras Bajas, las evidencias siguen siendo más dispersas. Los tableros aparecen tallados en bancos palaciegos, suelos de patios o escalones, pero normalmente sin una buena datación. El tablero de Naachtun, firmemente anclado en una casa de élite del siglo V, demuestra que el juego ya tenía un lugar establecido en la vida social durante el periodo Clásico.

Un tablero con giros locales

El tablero de Naachtun sigue el patrón estándar de cruz dentro de rectángulo, pero con una distribución desigual de 45 casillas. El brazo occidental de la cruz tiene 11 espacios y el septentrional solo 7. Esta asimetría puede reflejar variantes locales de reglas, numerología simbólica o incluso una tradición específica de la casa conocida por los jugadores habituales.

Los investigadores comparan el hallazgo con casos de Belice, en yacimientos como Gallon Jug y Xunantunich, donde aparecen varios tableros en el mismo edificio. Esos conjuntos sugieren espacios dedicados al juego dentro de complejos administrativos o residenciales. Naachtun aporta un ejemplo claramente datado e integrado arquitectónicamente a ese pequeño corpus.

El patolli probablemente servía a la vez como pasatiempo, herramienta de enseñanza, escenario de apuestas e instrumento ritual.

A través de estos tableros, la gente podía negociar alianzas matrimoniales, resolver disputas menores, poner a prueba la suerte antes de un viaje o ensayar estrategia militar en forma simbólica. La frontera entre juego social y práctica sagrada era tenue.

Un objeto raro con grandes implicaciones científicas

Para los arqueólogos, el tablero de Naachtun ofrece más que una estampa encantadora del ocio antiguo. Proporciona un contexto estrechamente acotado, algo que a menudo falta en los hallazgos relacionados con juegos.

La mayoría de tableros de patolli aparecen tallados en superficies reutilizadas durante siglos. Sin una fase constructiva segura, la datación se basa en el estilo o en hallazgos cercanos y suele abarcar cientos de años. Aquí, el mosaico se encuentra en la capa original de mortero y más tarde fue cubierto parcialmente por un muro. Esa secuencia ayuda a situar el tablero dentro de una historia constructiva y un momento político concretos.

Característica Tableros de patolli típicos Tablero mosaico de Naachtun
Soporte Tallados sobre piedra o estuco ya existentes Construido como un mosaico cerámico incrustado en mortero fresco
Datación A menudo amplia e indirecta Vinculada estrechamente a una fase constructiva concreta (en torno al siglo V)
Contexto Bancos, escalones, suelos de patios Suelo de un complejo residencial de élite
Rareza Varias decenas de ejemplos conocidos Por ahora, único como mosaico de suelo maya precolonial

El muro posterior que cubre parcialmente el tablero sugiere cambios en el uso del espacio. En algún momento, los ocupantes construyeron sobre el área de juego, de forma intencional o no. Eso plantea preguntas: ¿había perdido el juego su función entonces? ¿Sabía la gente que el tablero estaba bajo sus pies? ¿Persistían historias entre los residentes sobre un lugar enterrado de juego y azar?

Trabajos futuros en las estructuras vecinas 6L‑19 y 6L‑20 podrían aclarar si el tablero se encontraba originalmente en una sala techada, un patio abierto o un patio cubierto. Cada escenario implicaría distintos tipos de reuniones y distintos grados de visibilidad.

Repensar el juego, el riesgo y el poder mayas

Hallazgos como el mosaico de Naachtun cuestionan estereotipos antiguos según los cuales la vida maya giraba únicamente en torno a templos, calendarios y guerra. Existía el ocio, pero rara vez estaba separado de la política y la religión. Un juego de mesa incrustado en el suelo de una casa poderosa muestra cómo el riesgo y el cálculo se desplegaban a pequeña escala, entre parientes y aliados, día tras día.

El patolli ofrece un modelo compacto de incertidumbre. Los jugadores comprometen fichas, leen los resultados de judías arrojadas, ajustan sus tácticas y se arriesgan a perder bienes valiosos. Esa estructura refleja la experiencia más amplia de la vida de élite: alianzas frágiles, fortunas cambiantes, giros súbitos en la guerra y el comercio. Para gobernantes y nobles, dominar simbólicamente la suerte en el tablero podía reflejar el ideal de gestionar el peligro del mundo real.

Desde una perspectiva moderna, esta práctica antigua encaja con el modo en que muchas sociedades usan los juegos. La gente pone a prueba estrategias en el ajedrez antes de aplicarlas a la diplomacia, o simula el riesgo económico en juegos de cartas mucho antes de entrar en mercados reales. Es probable que el patolli cumpliera una función comparable: un espacio acotado donde se encontraban el azar, la habilidad y la puesta en escena social.

El descubrimiento de Naachtun también plantea una cuestión técnica para los arqueólogos: ¿cuántos otros tableros de juego podrían permanecer invisibles porque se hicieron con materiales perecederos, se pintaron en lugar de tallarse o quedaron enterrados bajo suelos posteriores? La singularidad del mosaico puede reflejar no solo una artesanía rara, sino también lagunas en lo que ha sobrevivido y en lo que reconocemos durante la excavación.

Por ahora, esta sola cruz roja en el suelo de una casa cubierta por la selva abre una visión más rica de la vida cotidiana maya antigua. Entre la ceremonia y la administración, había tiempo para el juego, pero un tipo de juego capaz de moldear relaciones, canalizar creencias y dejar su huella en piedra y cerámica durante 1.500 años.

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