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La mayoría de los propietarios olvida purgar los radiadores cada invierno.

Manos purgando un radiador, recogiendo agua en un vaso cerca de una ventana.

El primer golpe de frío siempre parece llegar un martes por la noche.

Estás a mitad de una serie, con calcetines puestos y una manta sobre las rodillas, cuando te das cuenta de que el salón se siente extrañamente frío. La caldera está zumbando. El termostato marca 21 °C. Y aun así, tienes los dedos de los pies helados y un lado del radiador está completamente frío.

Pasas la mano por el panel, esperando ese lento florecer del calor. Nada. Solo un gorgoteo tenue, como si el sistema intentara funcionar pero algo estuviera atascado. Te dices mentalmente “tengo que llamar a alguien”. Luego la semana se te echa encima y la idea se queda en el fondo de la cabeza.

Cuando vuelves a acordarte, la factura de energía es más alta, la casa sigue sin estar bien y te preguntas si el sistema entero está ya para el arrastre. Y muy a menudo, la culpa la tiene un hábito diminuto.

El problema silencioso que se esconde en tus radiadores

La mayoría de la gente piensa que purgar radiadores es cosa de una vez al año. Un giro rápido con la llave en octubre, un poco de siseo, una salpicadura en la toalla y listo. Tarea hecha. Calefacción resuelta hasta primavera.

La realidad dentro de las tuberías es menos ordenada. El aire sigue colándose en el sistema, sobre todo en casas antiguas, viviendas altas y propiedades con buhardillas acondicionadas. Microburbujas se acumulan en la parte superior de cada radiador y se convierten en bolsas que impiden que el agua caliente haga su trabajo.

¿El resultado? Radiadores calientes por abajo, fríos por arriba, y una caldera trabajando más de lo necesario. Lo curioso es que esta pérdida lenta de eficiencia ocurre tan gradualmente que apenas la notas. Simplemente subes un poco el termostato y sigues con tu vida.

Hay una escena que los técnicos de calefacción reconocen en silencio. Diciembre, justo después de cobrar. Entran en una casa donde el dueño jura que la caldera “está a punto de morir”. Los dormitorios están helados. El radiador del descansillo apenas está tibio. La habitación del adolescente en el ático podría estar al aire libre.

El técnico da una vuelta rápida, rozando con la mano la parte superior de los radiadores. Saca una llavecita y un trapo viejo. Uno por uno, abre ligeramente cada purgador. Un siseo largo de aire atrapado. Un escupitajo de agua sucia. Diez minutos después, esos mismos radiadores casi queman al tocarlos.

Algunas estimaciones sugieren que un sistema mal purgado puede desperdiciar hasta un 15% de tu rendimiento de calefacción. Extiende eso a un invierno entero de facturas de gas o electricidad y no es poca cosa. En el parque de viviendas británico más antiguo, con recorridos largos de tuberías y sistemas desequilibrados, ese calor perdido es básicamente dinero escapándose al vacío.

Hay una razón sencilla por la que esto sigue pasando. El agua del circuito de calefacción lleva gases disueltos. Al calentarse y enfriarse, esos gases se separan y ascienden. Cualquier mínima holgura, racor o válvula puede introducir más aire, especialmente después del verano, cuando el sistema pasa semanas sin usarse.

Cada vez que ajustas radiadores, vuelves a encender la caldera tras un parón o se hace un trabajo de fontanería, el equilibrio cambia otra vez. El aire no se anuncia con un gran drama. Simplemente se acumula en la parte superior de cada panel, reduciendo en silencio la zona caliente.

Por eso, purgar una vez en octubre y olvidarse no es del todo suficiente. El sistema evoluciona durante la temporada. Cuanto más tiempo pases sin tocar esos pequeños purgadores, más estarás calentando metal y no la habitación en la que estás sentado.

¿Cada cuánto deberías purgar realmente los radiadores?

La frecuencia que muchos propietarios pasan por alto no es “una vez al año”. Para muchos hogares del Reino Unido, el punto óptimo se acerca más a una comprobación rápida cada dos o tres meses durante la temporada de calefacción. No todos los días. No todas las semanas. Solo una rutina ligera, como cambiar el cepillo de dientes o revisar la alarma de humo.

Puede sonar excesivo hasta que recuerdas lo duro que trabaja el sistema de octubre a marzo. Agua caliente corriendo por tuberías estrechas. Bombas arrancando y parando. Válvulas abriendo y cerrando miles de veces. Las pequeñas bolsas de aire son inevitables.

Un ritmo sencillo funciona: a principios de otoño cuando vuelves a encender la calefacción. Hacia principios de diciembre, antes del frío fuerte. Y otra vez a finales de enero o principios de febrero, cuando el sistema ya ha trabajado de verdad. Tres purgas cortas pueden hacer que toda la casa se sienta distinta.

En una tarde lluviosa de miércoles, esto es lo que suele ser de forma realista. Coges una llave de radiador, una toalla vieja y una taza que no te importe. Apagas la calefacción y esperas diez minutos para que el sistema se calme. Luego empiezas por el radiador más alejado de la caldera, normalmente el del ático o el del extremo del pasillo.

Abres el purgador con cuidado hasta oír ese siseo agudo. Hay un pequeño escalofrío de satisfacción cuando llega el primer chorrito de agua. Cierras, limpias rápido y pasas al siguiente radiador. Todo lleva menos tiempo que ponerte a leer noticias en el móvil.

En una casa británica adosada grande y antigua con diez o doce radiadores, quizá emplees 20 minutos. En un piso con cuatro paneles, más bien cinco. No estás reconstruyendo la caldera. Solo le estás dando al sistema una manera de respirar.

Aquí es donde la mayoría se atasca. O no purgan nunca, o se pasan. Dejan el purgador abierto demasiado tiempo, se asustan con la primera gota de agua marrón, o aprietan la llave con tanta fuerza que la unión empieza a rezumar. El objetivo es liberar aire unos segundos, no vaciar todo el sistema.

Seamos sinceros: nadie hace esto todos los días. Y nadie lo necesita. Lo que lo cambia todo es pasar de “ya lo haré algún día” a una rutina suave que realmente mantienes. Tres veces en un invierno no es heroico. Es un cuidado realista de algo de lo que dependes.

También está la parte emocional. Mucha gente se siente cohibida al admitir que nunca ha tocado un purgador. Les preocupa “romper algo”. La verdad es que, mientras pares cuando el agua salga de forma continua y no fuerces nada, estás actuando en el mejor interés de tu caldera. El sistema está diseñado para mantenerse así.

“Les digo a los clientes: vuestros radiadores son como pulmones”, dice un técnico de calefacción del norte de Londres. “Si nunca les dejáis exhalar, empezarán a sonar cansados. Ese pequeño siseo es la señal de que están listos para volver a funcionar como es debido”.

Hay una lista de comprobación sencilla que muchos propietarios con experiencia llevan en la cabeza, aunque nunca la llamarían así:

  • Purga los radiadores cuando estén calientes por abajo y fríos por arriba.
  • Empieza por el radiador más alejado de la caldera y ve volviendo hacia atrás.
  • Apaga la calefacción antes de empezar.
  • Deja de purgar en cuanto el agua salga en un chorro continuo.
  • Mira la presión de la caldera después y rellena si hace falta.

Sigue ese marco general y ya irás por delante de la mayoría. No solo persigues confort: estás recortando desperdicio oculto en cada hora que la calefacción está encendida.

Vivir con habitaciones más cálidas y menos estrés

En lo práctico, purgar con regularidad convierte la calefacción de una gran “cosa misteriosa” en el armario en un sistema que de verdad entiendes. Empiezas a notar pistas pequeñas: qué radiadores calientan primero, cuáles gorgotean, dónde aparecen zonas frías.

Esas observaciones te permiten actuar pronto en lugar de esperar a una avería total en enero. Un radiador del salón que necesita purga cada mes puede estar insinuando un problema mayor con la bomba o lodos. Un único radiador de un dormitorio que se queda obstinadamente frío quizá solo necesite equilibrado, no un reemplazo.

Hay una fuerza silenciosa en captar tú mismo esas señales. Llamas a un profesional cuando algo no cuadra, pero ya no estás completamente a ciegas. Ese cambio ahorra dinero y nervios, especialmente durante esas semanas largas y grises en las que la calefacción casi no se apaga.

Y en un plano más humano, la calefacción rara vez va solo “del sistema” en sí. Va del adolescente que no baja porque su cuarto parece un frigorífico. Del padre o la madre mayor que se mueve de la silla a la cama con el abrigo puesto. De la discusión sobre por qué el termostato está otra vez a 22 cuando acaba de llegar la factura.

En una noche fría, cuando los radiadores crepitan suavemente y desprenden un calor uniforme de arriba abajo, esas tensiones suelen aflojar. Nadie se pelea por el sitio más caliente bajo el único panel que funciona. La casa se siente cómodamente equilibrada, no como un mosaico de zonas calientes y frías.

En una mañana tranquila de domingo, cuando caminas de la cocina al dormitorio y cada radiador se nota consistentemente caliente, casi puedes sentir que el sistema se esfuerza menos. Sin gorgoteos extraños. Sin esquinas tibias. Solo un zumbido de fondo que se corresponde con lo que estás pagando.

Eso es lo discretamente radical de purgar los radiadores más de una vez al año. No es un gran gesto ni una actualización tecnológica. Es un ritual pequeño, algo engorroso, que te reconecta con cómo funciona realmente tu casa. Una vez que has notado la diferencia entre radiadores medio calientes y radiadores plenamente calientes, cuesta volver a ignorarlos.

La próxima vez que notes esa franja fría tan conocida en la parte superior de un radiador, probablemente lo verás de otra manera. ¿Es simplemente “así está la casa vieja ahora”? ¿O es un recordatorio suave del sistema pidiéndote diez minutos de atención que siempre estuvo pensado que le dedicaras?

Punto clave Detalle Interés para el lector
Frecuencia ideal Purgar cada 2–3 meses en invierno, no solo una vez al año Mantiene más calor con el mismo gasto energético
Señales a vigilar Radiadores calientes por abajo, fríos por arriba, o ruidos de gorgoteo Te permite saber cuándo actuar sin llamar a un profesional
Rutina simple Apagar la calefacción, empezar por el radiador más alejado, parar cuando el agua salga de forma constante, comprobar presión Ganas autonomía y reduces el estrés ante averías

Preguntas frecuentes

  • ¿Cada cuánto debería purgar los radiadores en invierno? Para la mayoría de hogares del Reino Unido, funciona bien cada 2–3 meses durante la temporada de calefacción. Haz una comprobación extra si notas la parte superior fría o ruidos de gorgoteo.
  • ¿Los radiadores deben estar encendidos o apagados al purgarlos? Deben estar apagados, dejando que el sistema se enfríe un poco. Así evitas quemaduras con agua caliente y el aire sale de forma más estable.
  • ¿Por qué mi radiador sigue frío después de purgarlo? Si sigue frío, puede que la válvula esté atascada, el sistema necesite equilibrado o haya lodos. Ese es el momento de valorar llamar a un técnico de calefacción.
  • ¿Purgar los radiadores puede bajar mi factura de calefacción? Sí, porque radiadores completamente calientes calientan las estancias más rápido y de manera más uniforme, y la caldera no tiene que funcionar tan fuerte ni tanto tiempo.
  • ¿Qué pasa si sin querer dejo salir demasiada agua? Es poco probable que estropees el sistema, pero la presión de la caldera puede bajar. Cierra la válvula, revisa el manómetro y rellena con el lazo de llenado si hace falta.

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