Muchos adultos sienten que sus días se difuminan en la misma rutina gris, y, sin embargo, un discreto factor psicológico puede decidir quién se hunde y quién prospera.
Los investigadores sostienen ahora que el aburrimiento frecuente, lejos de ser un estado de ánimo aleatorio, puede revelar una carencia más profunda en la forma en que nos relacionamos con nuestra propia vida.
Cuando el aburrimiento deja de ser un estado de ánimo y se convierte en un patrón
Antes, el aburrimiento se veía como una queja infantil, algo asociado a tardes lluviosas y vacaciones sin juguetes. En los adultos, la vida suele sentirse abarrotada de reuniones, notificaciones y recados. Y, aun así, cada vez más personas dicen sentirse extrañamente vacías, incluso cuando su agenda sigue llena.
Los psicólogos lo llaman “aburrimiento crónico”: no es solo sentirse inquieto en una cola, sino vivir con la sensación constante de que a la vida le falta sabor o dirección. Algunos lo notan en el trabajo, otros en las relaciones, otros mientras hacen scroll en el móvil de madrugada, buscando algo que no saben nombrar del todo.
¿Qué comparten realmente quienes suelen sentirse así? Un nuevo conjunto de investigaciones sugiere que el punto en común no es su empleo, su horario o el uso del smartphone, sino la ausencia de un hábito emocional: la gratitud.
Quienes sienten y expresan gratitud con regularidad tienden a aburrirse con menos frecuencia, porque la vida les resulta más significativa.
El estudio que vinculó aburrimiento y gratitud
Un equipo de investigadores -Muireann K. O’Dea, Eric R. Igou y Wijnand A. P. van Tilburg- se propuso examinar la conexión oculta entre el aburrimiento, la gratitud y la sensación de que la vida tiene sentido. Su trabajo, publicado en la revista Motivation and Emotion a finales de 2023, va más allá del simple consejo “buenrollista”.
A través de cinco experimentos con varios cientos de participantes, el equipo midió tres cosas:
- Con qué frecuencia las personas se aburrían en su vida diaria.
- Su tendencia a sentir y expresar gratitud.
- Hasta qué punto sentían que su vida tenía sentido o propósito.
Pronto aparecieron patrones. Los participantes que informaban de niveles más altos de gratitud tendían a percibir más sentido en su vida. Esas mismas personas también describían niveles mucho más bajos de aburrimiento, tanto en situaciones concretas como en general.
La gratitud parecía actuar como un amortiguador psicológico: aumentaba la sensación de que la vida importa, y eso reducía el espacio en el que el aburrimiento podía arraigar.
Los investigadores sostienen que el aburrimiento a menudo señala una falta de sentido. Cuando no vemos por qué importan nuestras acciones, incluso tareas ligeramente desagradables se vuelven insoportables. En cambio, la gratitud nos empuja a fijarnos en lo que ya es valioso: pequeños conforts, personas que apoyan, progreso personal o incluso la oportunidad de descansar entre dos periodos intensos.
Cómo la gratitud cambia la forma en que el cerebro interpreta un momento
La gratitud no es solo decir “gracias”. Cambia hacia dónde mira la mente. En lugar de centrarse en lo que falta, dirige la atención a lo que ya existe y tiene algún tipo de valor. Ese cambio puede modificar la temperatura emocional de un momento corriente.
Pensemos en dos personas en el mismo trayecto aburrido en tren. Una se fija en el retraso y en el vagón abarrotado. La otra se da cuenta en silencio del descanso de los correos, de la oportunidad de escuchar un pódcast o del raro instante de quietud. La situación es idéntica; la interpretación no. Con el tiempo, estas microinterpretaciones moldean la frecuencia con la que aparece el aburrimiento.
| Mentalidad | Reacción típica ante un momento tranquilo | Resultado probable |
|---|---|---|
| Baja gratitud | Se centra en lo que falta, se siente atrapado, busca cualquier distracción. | Aumento del aburrimiento, frustración, sensación de estar perdiendo el tiempo. |
| Alta gratitud | Detecta pequeños aspectos positivos u oportunidades en la pausa. | Menos aburrimiento, mayor sensación de sentido, incluso en tareas sencillas. |
Por qué el aburrimiento no siempre es el enemigo
La vida moderna entrena a la gente para huir del aburrimiento. Los minutos libres desaparecen en redes sociales, correos o plataformas de streaming. En las relaciones, la “rutina” se ve como peligrosa. En el trabajo, equiparamos el estar siempre ocupados con el valor personal. Los espacios de silencio resultan sospechosos.
Sin embargo, varios terapeutas sostienen que esta evitación puede salir mal. La psicoterapeuta francesa Odile Chabrillac, que ha escrito sobre el valor del aburrimiento, describe la vida cotidiana como una carrera constante que deja poco margen para cuestionarse en profundidad. Sin ese espacio interior, las personas corren el riesgo de perseguir estímulos superficiales y perder la oportunidad de preguntarse qué importa de verdad.
El aburrimiento puede abrir una grieta en la prisa de la vida diaria, una pausa en la que por fin encuentran espacio preguntas sobre dirección, valores y deseos.
Cuando dejamos de tratar el aburrimiento como un fracaso y empezamos a tratarlo como una señal, cambia de forma. Una tarde inquieta puede marcar el momento en que una rutina antigua ya no encaja, o cuando un deseo enterrado pide atención: aprender una habilidad, dejar un trabajo, reparar una relación o, simplemente, descansar con intención.
Del “tiempo vacío” al “tiempo fértil”
Chabrillac describe dos tipos de “vacío”:
- Un vacío “plano”, en el que nada parece importar y el tiempo se siente sin sentido.
- Un vacío “fértil”, en el que la pausa se convierte en un espacio que puede adquirir significado.
La gratitud influye en este cambio. Cuando alguien permite que el aburrimiento esté ahí en vez de sofocarlo con distracciones, y luego añade una mirada de gratitud, ese hueco se transforma en una especie de taller mental. La mente divaga, crea nuevas conexiones, revisita recuerdos, imagina cambios.
Este estado de deriva, que desde fuera parece improductivo, a menudo alimenta la creatividad y la resolución de problemas. Muchas personas cuentan que sus mejores ideas llegan mientras sueñan despiertas en un autobús o miran por una ventana, precisamente cuando no parece ocurrir nada “importante”.
El coste oculto de huir de cada momento aburrido
Escapar constantemente del aburrimiento conlleva varios riesgos, especialmente en un mundo donde un teléfono puede borrar el silencio en un segundo.
- Atención más superficial: cambiar rápidamente entre estímulos puede fragmentar la concentración y dificultar el trabajo profundo.
- Menor autoconocimiento: sin momentos de calma, cuesta detectar qué se disfruta de verdad, qué se teme o qué se desea.
- Mayor dependencia de “golpes” externos de placer: los “me gusta”, las notificaciones y el contenido nuevo se convierten en un parche rápido contra emociones incómodas.
- Creatividad desaprovechada: la estimulación persistente deja poco espacio para el pensamiento errante que alimenta la invención.
Para quienes ya sienten que sus días carecen de sentido, este bucle de escape puede reforzar el problema. Cada vez que aparece el aburrimiento, una distracción lo tapa. La causa raíz -la falta de sentido- nunca se cuestiona, y la gratitud no tiene espacio para crecer.
¿Se puede entrenar a uno mismo para estar “menos aburrido”?
La nueva investigación no sugiere que algunas personas estén condenadas al aburrimiento mientras otras se deslizan por la vida envueltas en una niebla agradecida. La gratitud se comporta más como una habilidad que como un rasgo fijo. Puede cultivarse poco a poco, de formas sencillas que remodelan cómo la mente interpreta los eventos cotidianos.
Prácticas diarias que pueden reducir el aburrimiento crónico
Los psicólogos suelen recomendar acciones pequeñas y constantes, en lugar de cambios drásticos de estilo de vida. Algunas opciones son:
- Tres líneas antes de dormir: anotar tres cosas que hayan resultado significativas -no solo agradables- durante el día.
- Reencuadrar las tareas domésticas: al hacer una tarea rutinaria, nombrar brevemente qué sostiene: salud, comodidad, independencia o alguien a quien quieres.
- Dejar un pequeño hueco de tiempo sin rellenar: proteger cada día una ventana corta sin pantallas ni tareas y observar qué pensamientos emergen.
- “Micro-pausas” de gratitud: detenerse un instante, una respiración, cuando algo pequeño sale bien -un autobús que llega a tiempo, un mensaje amable, un buen café- y reconocerlo mentalmente.
Nada de esto elimina los momentos aburridos, pero cambia el tono de fondo del día de “inútil” a “discretamente valioso”, lo que reduce lo amenazante que se siente el aburrimiento.
Dejar que la mente divague, como cuando éramos niños
Los niños que dicen estar aburridos a menudo acaban construyendo fuertes, inventando juegos o dibujando mundos de la nada. Su aburrimiento despierta la imaginación en lugar de apagar la vida. Los adultos rara vez se permiten ese tipo de deriva sin estructura.
Recrear una pequeña versión de esto puede cambiar la textura de la vida adulta. Dejar el móvil en otra habitación durante 15 minutos, sentarse en un parque sin auriculares o mirar por la ventana durante un descanso puede parecer trivial. Y, sin embargo, son las condiciones en las que a menudo emergen la creatividad y la claridad.
Para las personas con aburrimiento crónico, esta combinación -gratitud suave y aburrimiento aceptado- puede funcionar mejor que otra oleada de trucos de productividad. Crea condiciones para que el sentido tenga tiempo de aparecer, en lugar de ser desplazado por la siguiente notificación urgente.
Ángulos extra: cuando el aburrimiento señala algo más profundo
El aburrimiento también puede ser una señal de alarma. Cuando incluso actividades que antes resultaban ricas ahora parecen insípidas, y esto persiste durante semanas o meses, puede cruzarse con problemas de salud mental como la depresión o el burnout (agotamiento). En esos casos, los ejercicios de gratitud por sí solos rara vez resuelven el problema. Puede ser necesario apoyo profesional, descanso o cambios serios en la carga de trabajo.
Aun así, entender el aburrimiento como un mensaje y no como un defecto de carácter puede ayudar a actuar antes. En lugar de avergonzarse por “no ser lo bastante interesante”, uno puede hacerse preguntas prácticas: ¿Se ha estrechado demasiado mi vida hasta quedarse en un único rol? ¿Tengo objetivos que sienta como míos, y no solo obligaciones? ¿Dónde podría un pequeño acto de gratitud hacer que esta etapa se sienta menos gris?
La investigación sugiere que las personas que rara vez se aburren no siempre viven vidas más glamurosas. Muchas, simplemente, se relacionan de forma distinta con sus experiencias. Detectan pequeños significados, se permiten divagar en espacios de calma y tratan el aburrimiento como una señal para buscar profundidad, no solo la siguiente distracción.
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