Ahora, nuevas excavaciones en Tanis sugieren que este sarcófago sin marcas no pertenecía a un noble menor olvidado, sino a un rey que reinó durante más de medio siglo en una de las épocas más turbulentas de Egipto.
Un sarcófago sin nombre por fin habla
A finales de 2025, un equipo franco-egipcio conjunto regresó a la necrópolis real de Tanis, en el delta oriental. El yacimiento, eclipsado por el glamour del Valle de los Reyes, guardaba desde hace tiempo un enigma: un enorme ataúd de granito descubierto en 1939 en la tumba del faraón Osorkon II, sin inscripción, sin cartucho, sin nombre.
La nueva misión, dirigida por Frédéric Payraudeau, de la Universidad de la Sorbona, y coordinada con el Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto, se centró en la cámara norte de la tumba de Osorkon II en San el-Hagar. Allí, los arqueólogos hallaron 225 pequeñas figurillas funerarias conocidas como ushebtis, aún en el lugar donde los sacerdotes de la Antigüedad las habían depositado hace más de 2.700 años.
Cada estatuilla llevaba un nombre real: Sheshonq III, un gobernante de la dinastía XXII que reinó aproximadamente entre 825 y 773 a. C. Las figurillas rodeaban el sarcófago anónimo como una etiqueta silenciosa que tardó casi un siglo en advertirse.
Al cotejar los ushebtis, el contexto del enterramiento y la microestratigrafía, los investigadores sostienen ahora que el ataúd «anónimo» pertenece en realidad a Sheshonq III.
Su disposición original, sellada bajo capas de limo del Nilo, no mostraba indicios de alteraciones posteriores. Ese patrón permitió al equipo descartar la idea de un depósito secundario aleatorio. Los objetos no llegaron allí por casualidad: señalaban un enterramiento real deliberado y cuidadosamente planificado.
¿Por qué un rey fue enterrado en la tumba de otro rey?
La respuesta está tanto en la política como en la arqueología. Cuando reinó Sheshonq III, Egipto no era un imperio unificado que se extendiera desde Nubia hasta el Levante. En su lugar, el poder se fragmentó entre centros rivales como Tanis, en el norte, y Tebas, en el sur. Prosperaron dinastías paralelas y distintas familias reclamaron los mismos títulos reales.
En este clima, una tumba en Tanis tenía un peso que iba mucho más allá del mero ritual mortuorio: señalaba el control de un paisaje sagrado y político crucial. Poseer un lugar de enterramiento real significaba prestigio, acceso a redes templarias y una declaración visible de legitimidad tallada en piedra.
Sheshonq III parece haber reinado más de cincuenta años, tiempo suficiente para ver surgir aspirantes en Tebas y formarse nuevas dinastías a partir de facciones escindidas. La dinastía XXIII, a menudo vinculada a este periodo de inestabilidad, produjo figuras como Sheshonq IV, cuyo nombre aparece en contextos que se solapan con los de Sheshonq III.
Fragmentos de ajuar funerario sugieren que Sheshonq IV pudo haberse apropiado de la tumba originalmente destinada a Sheshonq III. En ese escenario, el lugar de reposo planificado para el rey más antiguo habría sido ocupado, obligando a sacerdotes o funcionarios reales a improvisar. Recurrieron entonces a la tumba de un ilustre antepasado: Osorkon II.
La reutilización del complejo funerario de Osorkon II parece menos un simple caso de reciclaje y más una respuesta calculada a la tensión dinástica y a la autoridad disputada.
Enterramientos en tumbas reales ya ocupadas se produjeron en otros momentos de la historia egipcia, especialmente en periodos de estrés político. Sin embargo, para un rey reinante, un traslado así sigue siendo raro y conlleva un mensaje contundente: incluso en la muerte, los cuerpos reales podían moverse y reasignarse al servicio de juegos de poder.
Leer las pistas: la ciencia al servicio de la historia
Cómo 225 diminutas estatuas resolvieron un misterio de 100 años
El argumento a favor de la identificación con Sheshonq III se apoya en la acumulación de datos materiales y científicos. Los ushebtis, de loza vidriada azul verdosa, llevan inscripciones cuidadosamente talladas como «Sheshonq III, amado de Amón». Su estilo encaja con la producción conocida de los talleres tanitas de finales del siglo IX a. C.
Los arqueólogos documentaron la posición exacta de cada figurilla en relación con el sarcófago y con objetos rituales cercanos. El patrón formaba un conjunto coherente, estrechamente asociado al ataúd de granito, de unos 2,3 metros de longitud y un peso superior a tres toneladas.
Durante décadas, la ausencia de cualquier nombre en ese sarcófago impidió una atribución firme. Los nuevos hallazgos inclinaron la balanza: los ushebtis crean un contexto anclado que vincula el ataúd con Sheshonq III con un grado de certeza rara vez posible para esta época convulsa.
Inscripciones ocultas e imágenes de alta tecnología
El equipo también reexaminó los muros del complejo funerario. Algunas inscripciones secundarias tenues, desestimadas en campañas anteriores u ocultas por depósitos de sal, recibieron una atención renovada. Mediante fotogrametría e imagen multiespectral, los investigadores aislaron rastros de titulatura vinculada a Sheshonq III, grabados o pintados sobre decoraciones anteriores.
Estas adiciones discretas sugieren que los sacerdotes modificaron la tumba de Osorkon II para adaptarla a un nuevo entierro real, en lugar de construir un monumento completamente nuevo. Los cambios parecen selectivos, casi quirúrgicos, más que un retallado integral de la capilla.
Al mismo tiempo, especialistas realizaron análisis micromorfológicos del limo que cubría los ushebtis y los objetos asociados. El estudio en lámina delgada de los sedimentos mostró un único episodio deposicional, sin alteraciones, compatible con finales de la dinastía XXII. En la secuencia no aparecieron intrusiones debidas a inundaciones posteriores ni a enterramientos secundarios.
La convergencia de la epigrafía, el análisis de artefactos y la ciencia del suelo refuerza el caso de un enterramiento oficial y primario de Sheshonq III dentro de la tumba de Osorkon II.
Esta combinación de excavación clásica, paciente trabajo de archivo e imagen avanzada ilustra cómo monumentos conocidos desde hace tiempo aún pueden revelar nuevas historias políticas cuando se examinan con herramientas y preguntas renovadas.
Tanis, la «otra» ciudad real que sigue reescribiendo la historia de Egipto
Tanis ganó fama a mediados del siglo XX, cuando el arqueólogo francés Pierre Montet desenterró allí tumbas reales intactas, una situación extremadamente rara en Egipto, donde el saqueo antiguo devastó muchos lugares de enterramiento. Sin embargo, la ciudad nunca llegó a rivalizar en el imaginario público con el magnetismo de Luxor y el Valle de los Reyes.
La reevaluación del enterramiento de Sheshonq III devuelve a Tanis al centro de los debates sobre el Tercer Periodo Intermedio, aproximadamente entre los siglos X y VIII a. C. Mientras que el Valle de los Reyes refleja sobre todo la riqueza y la confianza del Imperio Nuevo, Tanis documenta otro mundo: territorios menguantes, soberanía dividida y fuerte dependencia de los sacerdocios locales.
La necrópolis real de Tanis muestra un denso conjunto de tumbas muy próximas entre sí, a menudo intersectadas o incluso construidas unas sobre otras. Esa proximidad facilitó la reutilización, pero difuminó líneas familiares y complicó las identificaciones para los arqueólogos posteriores.
- Cámaras subterráneas compartidas permitieron que varias generaciones de la realeza ocuparan un mismo complejo.
- Modificaciones arquitectónicas a veces enmascararon puertas anteriores o cegaron corredores.
- Reyes posteriores añadieron nuevos pozos funerarios en lugar de construir monumentos completamente nuevos.
Estas estructuras superpuestas implican que cada nuevo objeto, parche de enlucido o cartucho retallado puede cambiar la manera en que los especialistas reconstruyen el árbol genealógico real. A medida que los equipos de conservación estabilizan muros, desalinizan la piedra e instalan cubiertas protectoras, también revelan detalles antes ocultos bajo costras de sal o daños tardíos.
Lo que esto significa para nuestra imagen de la dinastía XXII
La identificación de Sheshonq III dentro de la tumba de otro rey obliga a revisar cómo las dinastías posteriores, de origen libio, gestionaron la legitimidad. Estos gobernantes dependieron en gran medida de redes matrimoniales, control militar y alianzas templarias, más que de pirámides o programas constructivos colosales.
Ser enterrado con los atributos de un funeral real completo en Tanis, aunque fuese en una tumba reutilizada, seguía situando a Sheshonq III dentro de una narrativa de élite reconocida. La elección del monumento de Osorkon II lo vinculaba a un predecesor poderoso cuyo reinado simbolizaba una estabilidad anterior.
| Aspecto | Antes del nuevo hallazgo | Después del nuevo hallazgo |
|---|---|---|
| Propietario del sarcófago anónimo | Desconocido, varias hipótesis | Vinculado firmemente a Sheshonq III |
| Lugar de enterramiento de Sheshonq III | Incierto, quizá perdido | Localizado en la tumba de Osorkon II en Tanis |
| Visión de la reutilización de tumbas reales | Principalmente económica o práctica | También una respuesta estratégica a una crisis política |
Para los historiadores, el caso subraya cómo cuerpos, objetos y espacios arquitectónicos formaban parte de la maquinaria del poder. Trasladar el cadáver de un rey, reinscribir un muro o reordenar figurillas rituales podía ajustar relatos sobre quién ostentaba realmente la autoridad, incluso generaciones después de terminado un reinado.
Por qué esto importa más allá de los círculos de egiptología
Aunque la historia pueda parecer lejana, las preguntas planteadas en Tanis resuenan con la forma en que las sociedades gestionan hoy el patrimonio, la legitimidad y la memoria. Quién obtiene el mejor lugar de enterramiento, la estatua monumental o el mausoleo nacional sigue señalando quién cuenta como fundador, salvador o usurpador.
Este caso también ofrece un recordatorio práctico de lo lenta que puede ser la investigación. Casi un siglo separa el primer hallazgo del ataúd de granito y su probable identificación con Sheshonq III. El proceso muestra que la arqueología funciona más como una investigación de largo recorrido que como una sucesión de revelaciones espectaculares puntuales.
Para quienes quieran profundizar, el Egipto del Tercer Periodo Intermedio puede servir como una especie de laboratorio histórico para pensar en estados fragmentados. Estudiantes y aficionados a veces modelizan sus líneas reales rivales en una cronología, añadiendo nombramientos templarios e intervenciones extranjeras, para ver cómo instituciones superpuestas estabilizan o desestabilizan una región.
Los arqueólogos de campo en Tanis, por su parte, continúan con un ritmo sostenido de campañas de excavación, conservación y procesamiento de datos. La futura obtención de imágenes del propio sarcófago -como un escáner TC a través del granito, si la logística lo permite- podría afinar lo que sabemos del cuerpo del interior: edad al morir, salud, posibles lesiones. Cada detalle alimentará de nuevo preguntas que van más allá de este único rey, hacia cómo un poder frágil negoció su supervivencia en un valle del Nilo dividido.
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