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Si tu hijo sigue caminando de puntillas después de los 3 años, podría ser un signo temprano de problemas neurológicos.

Adulto y niño jugando con una pelota en la alfombra. Un cuaderno y un calendario están cerca.

La niña pequeña en el pasillo del supermercado va flotando más que caminando.

Sus zapatillas apenas rozan el suelo mientras pasa de las galletas a los yogures, siempre apoyada sobre la punta de los pies, como una diminuta bailarina que nunca aprendió a aterrizar. Su madre empuja el carro, medio sonriendo y medio frunciendo el ceño; cada paso es una pregunta silenciosa: ¿sigue siendo mono… o es otra cosa?

Otro niño, otra escena: un chaval cruzando a toda velocidad un patio de recreo, también de puntillas. Su padre le grita: «¡Mira por dónde pisas!». El niño no responde. Sigue rebotando hacia delante, con los talones en el aire, casi desconectado del suelo sobre el que se supone que tiene que crecer.

En un buen día, caminar de puntillas parece personalidad. En un mal día, parece una luz de aviso que intentas no ver. Y la línea entre ambas cosas es más fina de lo que la mayoría de los padres cree.

Cuando las puntillas “monas” dejan de ser inofensivas

Los primeros pasos de un niño pequeño suelen ser torpes y de planta completa, más bamboleo que gracia. Así que cuando un niño elige moverse de puntillas, puede parecer una fase peculiar, un detalle encantador que contarás en las cenas familiares. Muchos lo hacen durante unas semanas, a veces meses, y luego vuelven a apoyar el talón sin que apenas te des cuenta.

La inquietud empieza cuando pasan los años y el hábito no se desvanece. Un niño de tres años que sigue recorriendo la casa de puntillas. Uno de cuatro que puede caminar con el pie plano si se lo pides, pero vuelve a esa postura alta y tensa en cuanto se distrae. Ya no es solo una manera de andar. Es un patrón.

Los neurólogos pediátricos lo dicen de forma tajante: caminar de puntillas de manera persistente más allá de los tres años merece mirarse con más atención. No porque todos los niños tengan un problema grave, sino porque puede ser una señal temprana de algo que aún no se ve a simple vista. El cuerpo susurra mucho antes de ponerse a gritar.

Pensemos en “Harry”, un niño vivaracho de cinco años de Mánchester, cuyos padres escucharon repetidamente que «se le pasaría con el tiempo». A los dos, ir de puntillas parecía adorable. A los tres y medio, el personal de la guardería empezó a notar que le costaban las escaleras y se caía más que los demás. A los cuatro, caminaba casi exclusivamente de puntillas, con los talones rígidos y tensos.

Cuando por fin llegó a una clínica especializada, tenía los gemelos acortados, los tobillos apenas flexionaban, y caminar de puntillas se había convertido en su única opción cómoda. La valoración reveló una parálisis cerebral leve, algo que nadie había considerado seriamente antes. La fisioterapia temprana ayudó, sí, pero había perdido un tiempo precioso. Sus padres acabaron diciendo la frase que tantas familias repiten: «Ojalá alguien se lo hubiera tomado en serio antes».

No todas las historias son tan dramáticas. Algunos niños caminan de puntillas por búsqueda sensorial: les gusta la presión en los gemelos, el rebote, la sensación de ir “más altos”. Otros lo hacen por costumbre, a veces llamado caminar de puntillas “idiopático”, cuando no se encuentra una causa clara. Aun así, los datos hablan. Los estudios sugieren que los niños autistas tienen mucha más probabilidad de caminar de puntillas que sus iguales, y que este patrón aparece con más frecuencia junto a retrasos del desarrollo o diferencias en el tono muscular. No hace falta entrar en pánico. Sí hace falta prestar atención.

Lo que los dedos de los pies de tu hijo podrían estar intentando decirte

Piensa en la marcha como una orquesta de nervios, músculos y sistemas de equilibrio funcionando al unísono. Cuando un niño sigue elevándose sobre los dedos más allá de los tres años, puede insinuar que, en algún punto de esa orquesta, hay un instrumento ligeramente desafinado. A veces al cerebro le cuesta coordinar señales; a veces los músculos están demasiado tensos o demasiado débiles en los lugares equivocados.

Afecciones neurológicas como la parálisis cerebral, la distrofia muscular o las neuropatías periféricas pueden manifestarse primero en cómo se mueve un niño. En el autismo o el TDAH, caminar de puntillas puede estar ligado al procesamiento sensorial: el mundo suena demasiado alto, se ve demasiado brillante, se siente demasiado intenso, y caminar de puntillas es una forma de modular ese bombardeo. Los dedos se convierten en una estrategia de afrontamiento, una pequeña negociación física con un entorno confuso.

Lo complicado es que, desde fuera, todos los casos parecen iguales. Ves el paso rebotado, los talones levantados, la carrera un poco torpe. Lo que no ves es si el cerebro está teniendo dificultades para enviar mensajes fluidos o si tu hijo simplemente busca una sensación concreta. Por eso los profesionales hablan menos de “corregir” la forma de andar y más de descifrarla. La marcha no es todo el problema. Es la pista.

Cómo reaccionar sin ponerse nervioso

Lo más útil que puedes hacer es observar. No juzgar, no entrar en pánico: solo una lista mental tranquila durante unos días. ¿Cuándo camina más de puntillas tu hijo? ¿En casa, en sitios ruidosos, cuando está emocionado, cuando está estresado? ¿Puede ponerse de pie con los talones apoyados cuando se lo pides, o parece realmente difícil o doloroso?

Prueba pequeños experimentos. Pídele que marche como un soldado con los talones abajo. Observa cómo sube escaleras, cómo corre sobre césped, cómo se mantiene de pie en la bañera. No le estás examinando: estás reuniendo pistas. Si tu hijo tiene más de tres años y lo habitual es que vaya de puntillas, anota con qué frecuencia ocurre y si parece mejorar, empeorar o quedarse igual.

Después, habla con tu médico de familia o con la enfermera/pediatra de seguimiento llevando ejemplos, no preocupaciones vagas. «Camina de puntillas casi todo el día» se entiende distinto a «a veces le veo de puntillas». Cuenta también lo que haya observado la escuela infantil o el colegio. No estás intentando conseguir un diagnóstico en una sola consulta. Estás intentando abrir la puerta a una valoración adecuada por un pediatra, un fisioterapeuta pediátrico o un neurólogo si hace falta.

Muchos padres esperan en secreto que estirar más en casa o comprar zapatos robustos lo arregle discretamente. Hablemos claro: si hay músculos o nervios implicados, por mucho que le digas «apoya el pie», no cambiará la causa de fondo. Estiramientos suaves, juegos de equilibrio o caminar descalzo sobre texturas distintas pueden ayudar, pero no son un interruptor mágico.

Explícale a tu hijo lo que estás haciendo con un lenguaje sencillo: «Vamos a ver cómo les gusta caminar a tus pies», en lugar de «Estás caminando mal». La culpa y la vergüenza se quedan más profundas que cualquier patrón de marcha. Si tu hijo es mayor, pregúntale cómo se siente cuando camina con el pie plano. ¿Le duelen las piernas? ¿Se nota inestable? A menudo los niños dan respuestas brutalmente claras cuando por fin nos acordamos de preguntar.

Seamos sinceros: nadie hace esto perfectamente cada día. A veces se te olvidará mirar; otras, te preocuparás de más. No pasa nada. Lo importante no es vigilar de forma impecable, sino no apartar esa duda persistente mes tras mes.

«Caminar de puntillas es como una luz parpadeante en el salpicadero», explica un neurólogo pediátrico de Londres. «No siempre significa que el motor esté fallando, pero tampoco le pones cinta a la luz y sigues conduciendo».

Los profesionales suelen fijarse en un conjunto de señales, no solo en los dedos. Pueden revisar reflejos, tono muscular, coordinación, habla, contacto visual y equilibrio. Parece mucho cuando estás sentado en esa consulta, viendo a tu hijo saltar a la pata coja o seguir una linterna con los ojos. Pero esa amplitud es lo que les permite distinguir entre un hábito y un problema neurológico real.

  • Señales de alarma que conviene mencionar: caminar de puntillas de forma persistente después de los 3 años, gemelos muy tensos, caídas frecuentes, o que tu hijo no consiga apoyar los talones ni siquiera intentándolo.
  • Quién puede ayudar: médico de familia, enfermera/pediatra de seguimiento, fisioterapeuta pediátrico, pediatra, o neurólogo infantil en casos complejos.
  • Qué puedes registrar en casa: cuándo empezó, con qué frecuencia lo ves, si empeora cuando está cansado o excitado, y si tu hijo se queja de dolor.

Convivir con las preguntas, no solo con las respuestas

Una vez que has visto que camina de puntillas, cuesta dejar de verlo. Cada trayecto por el salón se convierte en una miniprueba diagnóstica en tu cabeza. ¿Hoy está mejor? ¿Están más bajos esos talones? Empiezas a reproducir vídeos antiguos en el móvil, buscándoles señales que pasaste por alto. ¿Siempre fue así? ¿Alguien lo insinuó y tú lo despachaste con una risa?

Algunas familias terminarán ese camino con una etiqueta clara: parálisis cerebral leve, autismo, una diferencia de procesamiento sensorial. A otras les dirán que su hijo tiene marcha de puntillas idiopática, es decir, sin causa evidente. Curiosamente, ambos grupos pueden sentir la misma mezcla de alivio y frustración. Una etiqueta no arregla mágicamente la marcha. La ausencia de etiqueta no borra tu preocupación.

La verdad silenciosa es que caminar de puntillas está en el cruce de tantas posibilidades que nos obliga a hacer algo para lo que los padres rara vez tienen tiempo: frenar y observar de verdad cómo se mueven nuestros hijos por el mundo. No como un conjunto de hitos que tachar, sino como un cuerpo aprendiendo su propia forma de existir en el espacio. Solo eso ya puede cambiar la manera en que los miras.

Punto clave Detalle Interés para el lector
Caminar de puntillas después de los 3 años es una señal La marcha de puntillas persistente puede estar vinculada a problemas neurológicos o sensoriales, no solo a un hábito Evita descartar una posible señal temprana de alerta
Observar es mejor que suponer Anotar cuándo, con qué frecuencia y en qué contextos aparece aporta datos reales a los médicos Hace que las consultas sean más eficaces y específicas
Revisar a tiempo cambia la historia Una valoración temprana puede llevar a fisioterapia, ortesis o más pruebas antes de que los problemas se cronifiquen Ofrece a tu hijo una mejor evolución física y del desarrollo

Preguntas frecuentes

  • ¿Caminar de puntillas es siempre señal de un problema neurológico grave? No siempre. Algunos niños caminan de puntillas por hábito o preferencia sensorial, y no se encuentra ninguna enfermedad de base. La preocupación aumenta cuando persiste más allá de los tres años y les cuesta dejar de hacerlo, por eso tiene sentido revisarlo.
  • ¿Puede mi hijo “superarlo” y dejar de caminar de puntillas? Algunos sí, especialmente antes de los tres años. Cuando el patrón se consolida y los gemelos se tensan, es menos probable que desaparezca por sí solo, y puede necesitar apoyo específico como fisioterapia.
  • ¿A quién debería acudir primero si me preocupa? Empieza por tu médico de familia o la enfermera/pediatra de seguimiento y lleva ejemplos concretos de lo que has observado. Pueden derivarte a fisioterapia pediátrica, pediatría o neurología si hay señales que requieran una investigación más profunda.
  • ¿Qué tratamientos existen para la marcha de puntillas persistente? Van desde programas de estiramientos y fisioterapia hasta férulas, yesos o, en casos graves y poco frecuentes, cirugía. El enfoque depende de si es idiopática o está vinculada a una afección neurológica definida.
  • ¿Se sentirá cohibido mi hijo si se lo señalo? Depende de cómo lo plantees. Hablar de forma neutral sobre «cómo les gusta caminar a tus pies» y centrarse en la comodidad y la fuerza, en lugar de «caminar mal», puede reducir la vergüenza y convertirlo en un proyecto compartido de búsqueda de soluciones, no en un defecto.

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