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Un estudio californiano indica que el cannabis puede reducir el consumo de alcohol, aunque los límites del efecto aún no están claros.

Mujer sosteniendo lata de CBD junto a cuaderno en laboratorio, con hombre al fondo examinando muestras.

Más jóvenes adultos se saltan la última ronda, cambian los cócteles por porros preliados y hablan de “sentirse mejor en su cuerpo”. Detrás de este cambio cultural, los investigadores están probando ahora si el cannabis realmente reduce el consumo de alcohol, o si simplemente traslada una dependencia a otra.

Una revuelta silenciosa contra la cultura de la bebida

En muchos países occidentales, el alcohol sigue siendo el eje de la vida social: copas después del trabajo, brunch ilimitado, bodas, funerales, incluso eventos laborales. Sin embargo, sus inconvenientes se sienten cada vez menos aceptables: mal dormir, picos de ansiedad, daño hepático, accidentes y una creciente sensación de perder el control. Más gente se pregunta por qué una droga que alimenta tantos problemas de salud sigue siendo el lubricante social por defecto.

Al mismo tiempo, el cannabis tiene una imagen distinta, sobre todo en estados y países donde es legal. Parece más “natural”, encaja con los relatos de bienestar y se alinea con tendencias de salud mental y autocuidado. Esa percepción, acertada o no, impulsa un nuevo estilo de vida: la gente recorta el alcohol pero mantiene el cannabis.

El auge de la “sobriedad a la californiana”

El término California sober se ha extendido de las fiestas de Los Ángeles y los feeds de TikTok a los círculos de bienestar convencionales. La idea es simple: evitar el alcohol, pero seguir usando cannabis y, a veces, otras sustancias “más suaves”, con moderación. El objetivo no es una abstinencia estricta de todo, sino una versión personalizada de la sobriedad.

La “sobriedad a la californiana” redefine la sobriedad como un espectro, en el que la gente deja el alcohol pero acepta ciertas drogas que percibe como menos dañinas.

Los seguidores de este estilo de vida suelen mencionar tres motivos:

  • Querer menos consecuencias al día siguiente que con una borrachera.
  • Buscar facilidad social y euforia sin apagones ni agresividad.
  • Intentar proteger la salud mental, especialmente la ansiedad o el bajo estado de ánimo.

En redes sociales dominan las anécdotas: usuarios describen beber menos o nada desde que empezaron a usar cannabis. Esas historias plantean una pregunta de investigación crucial: ¿el cannabis está simplemente sustituyendo al alcohol, o reduce de verdad las ganas de beber?

Qué midió realmente el experimento de la Universidad de Brown

Un bar simulado, conducta medida

Un equipo de la Universidad de Brown diseñó un experimento controlado para probar cómo afecta el cannabis al comportamiento de consumo de alcohol en el momento. El ensayo, publicado en American Journal of Psychiatry, evitó el caos de las fiestas reales y examinó la ingesta de alcohol en condiciones de laboratorio.

Los investigadores reclutaron a 157 adultos. Cada participante fumó un cigarrillo de cannabis con:

  • 0% de THC activo (placebo),
  • 3,1% de THC,
  • o 7,2% de THC.

Después, entraron en una sala preparada para parecer un bar. Podían elegir bebidas alcohólicas o decir que no y, en su lugar, ganar una pequeña recompensa económica. Se registraron cada bebida, cada negativa y el momento del primer sorbo.

Los resultados fueron llamativos:

Nivel de THC Cambio en alcohol consumido Otro efecto observado
0% (placebo) Nivel de referencia Deseo basal de beber
3,1% THC 19% menos volumen de alcohol Retraso antes de la primera copa
7,2% THC 27% menos volumen de alcohol Retraso aún mayor y menor deseo de beber

En este ensayo, más THC se asoció con menos alcohol consumido y un avance más lento hacia la primera copa.

En estas condiciones, el cannabis pareció actuar como un freno a corto plazo del consumo. Los participantes se sintieron menos impulsados a empezar y continuaron bebiendo menos durante la sesión.

El ángulo del CBD: el ansia dentro del cerebro

Otro equipo, dirigido por investigadores alemanes y publicado en Molecular Psychiatry, se centró no en el THC sino en el cannabidiol (CBD), un componente no intoxicante del cannabis. Su trabajo se enfocó en personas con diagnóstico de trastorno por consumo de alcohol, un grupo para el que la recaída y el ansia intensa siguen siendo una batalla diaria.

Los participantes recibieron una dosis única de 800 mg de CBD. Luego se enfrentaron a señales asociadas al alcohol: imágenes, olores o situaciones destinadas a disparar el deseo de beber. Las neuroimágenes mostraron una reducción de la actividad en el núcleo accumbens, una región profundamente implicada en la recompensa y el ansia.

Subjetivamente, las personas informaron de menos ganas de beber solo tres horas después de tomar CBD. El efecto no significaba que estuvieran “curadas”, pero sugería que el CBD puede amortiguar la respuesta de recompensa del cerebro a señales de alcohol, al menos a corto plazo.

Una señal real, envuelta en grandes interrogantes

Ambos estudios apuntan en una dirección similar: ciertos compuestos del cannabis pueden reducir el consumo de alcohol o el ansia de alcohol en condiciones controladas. El THC, en el estudio de Brown, llevó a menos consumiciones en un bar simulado. El CBD, en el ensayo alemán, calmó regiones cerebrales ligadas al ansia y redujo las ganas autoinformadas de beber.

La investigación apunta a una interacción entre cannabis y alcohol que va más allá de la simple sustitución, pero las reglas de esa interacción siguen siendo difusas.

Los investigadores advierten contra saltar de los datos de laboratorio a consejos de estilo de vida. La vida real es mucho más desordenada que una sala-bar controlada o un escáner cerebral. La gente suele afrontar presión de grupo, mezcla múltiples sustancias, bebe en malestar emocional o persigue efectos más intensos por diversión.

Límites que mantienen cautos a los científicos

Varias limitaciones clave condicionan cómo deben leerse estos resultados:

  • Plazo corto: ambos estudios observaron efectos agudos, no resultados a largo plazo.
  • Entornos controlados: sin amigos gritando “una más”, sin discotecas ruidosas, sin una vida doméstica caótica.
  • Dosis específicas: los productos de cannabis y las cantidades de CBD estaban estandarizados, a diferencia de las potencias variables en tiendas o en la calle.
  • Participantes seleccionados: los voluntarios de ensayos rara vez reflejan a los bebedores más vulnerables, como personas con problemas sociales graves o múltiples adicciones.

En muchos contextos del mundo real, el cannabis y el alcohol no son sustitutos sino compañeros. La gente los combina para potenciar la intoxicación. Esta mezcla puede intensificar el deterioro, elevar el riesgo de accidentes y aumentar las náuseas o la ansiedad. La misma planta que reduce la bebida en un laboratorio puede ayudar a alimentar el atracón en una fiesta.

De la sustitución a nuevas herramientas terapéuticas

Incluso con estas salvedades, los estudios cambian la forma en que clínicos y responsables políticos piensan sobre el cannabis. En vez de tratarlo solo como una droga recreativa o un problema de salud pública, algunos equipos ahora lo ven como una posible herramienta dentro de la medicina de las adicciones.

La pregunta pasa a ser: ¿podrían los cannabinoides, bajo guía médica, ayudar a pacientes concretos a reducir su consumo, manejar el ansia o prevenir recaídas?

Varios escenarios interesan a los investigadores:

  • Tratamientos dirigidos con CBD para reducir el ansia entre sesiones de terapia.
  • THC cuidadosamente dosificado o productos equilibrados THC/CBD para personas que no toleran los fármacos actuales para la dependencia del alcohol.
  • Uso de cannabinoides a corto plazo durante periodos de alto riesgo, como los inicios de la abstinencia.

Por ahora, estas ideas siguen siendo posibilidades, no atención estándar. Los médicos ya disponen de fármacos aprobados para el trastorno por consumo de alcohol, como la naltrexona, el acamprosato o el disulfiram. Cualquier estrategia basada en cannabinoides tendría que demostrar que funciona al menos igual de bien, con efectos secundarios aceptables y sin aumentar daños relacionados con el cannabis.

Los riesgos detrás del relato “hierba en vez de vino”

El debate público a menudo oscila entre extremos: el cannabis como truco inofensivo de bienestar, o el cannabis como puerta de entrada al fracaso. La realidad, especialmente en el contexto del alcohol, se sitúa en medio.

Sustituir un consumo elevado de alcohol por un uso frecuente de cannabis puede reducir algunos riesgos, como el daño hepático o conducir ebrio, pero introduce otros. El uso regular de cannabis puede perjudicar la memoria y la concentración, desencadenar dependencia, empeorar el riesgo de psicosis en personas vulnerables y alimentar la ansiedad en algunos usuarios.

Cambiar el alcohol por cannabis puede sentirse como un avance para algunos, pero puede convertirse en un movimiento lateral de una dependencia a otra.

Quienes ya tienen dificultades de control de impulsos o problemas de salud mental pueden estar especialmente expuestos. Si alguien fuma o vapea cada vez más para “mantenerse alejado del alcohol”, puede ignorar el lento ascenso de una nueva adicción hasta que su vida vuelva a girar en torno a una sustancia.

Cómo podrían sopesar sus opciones las personas

Para quienes estén pensando en la “sobriedad a la californiana” o en usar cannabis para reducir la bebida, algunas reflexiones prácticas ayudan a tomar decisiones más seguras:

  • Controlar la frecuencia: anota con qué frecuencia consumes cannabis y cómo cambian las dosis a lo largo de las semanas.
  • Observar los motivos: pregúntate si lo usas principalmente para escapar de sensaciones incómodas o del estrés.
  • Vigilar el funcionamiento: comprueba si el trabajo, los estudios, las relaciones o la calidad del sueño empiezan a resentirse.
  • Reglas de mezcla: evita combinar cannabis y alcohol al conducir, al cuidar de menores o en actividades de riesgo.

Algunos especialistas en adicciones ya sugieren “planes de reducción de daños” en los que los pacientes reducen gradualmente el alcohol, a veces con un uso limitado de cannabis, pero con techos claros y revisión continua. Enmarcan el cannabis no como una cura, sino como una herramienta transitoria, usada con límites estrictos y seguimientos regulares.

A qué apuntará probablemente la investigación futura

La próxima ola de estudios probablemente profundizará en detalles más finos: qué perfiles de cannabinoides ayudan más, qué dosis evitan el deterioro cognitivo y qué grupos de pacientes se benefician en lugar de empeorar. Los ensayos a largo plazo tendrán que seguir si las personas mantienen realmente un menor consumo de alcohol, y si aparecen nuevos problemas relacionados con el cannabis por el camino.

Los investigadores también quieren entender los factores sociales. ¿Cambia la ecuación el acceso a cannabis legal y regulado, con dosis conocidas, frente a los mercados ilícitos? ¿Cómo influye el mensaje público sobre la “sobriedad a la californiana” en el comportamiento de los adolescentes, que afrontan riesgos distintos a los adultos?

El cannabis se encuentra ahora en una encrucijada entre la cultura y la medicina. Para el consumo de alcohol, muestra un potencial real para modificar hábitos y amortiguar el ansia, aunque sigue arrastrando su propio conjunto de peligros. Cómo las sociedades encuadren y regulen este papel de doble filo influirá no solo en los hábitos de fiesta, sino también en la próxima generación de atención a las adicciones.

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